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Capítulo 3

Author: Mangonel
Lo que más me excitaba era estar acostado en la misma cama con dos mujeres viendo una película de esas; nunca había vivido algo así.

Con la luz apagada, el cuarto quedaba a oscuras salvo por el resplandor tenue de la tele, y el deseo empezaba a crecer en silencio.

Pronto, la pantalla empezó a mostrar escenas tan explícitas que costaba sostener la mirada.

Brenda se sorprendió al principio, pero enseguida empezó a disfrutarlo. Entrecerró los ojos y hasta deslizó una mano entre sus piernas.

Samanta me dio un empujoncito.

—Tomás, si más tarde se te nota la reacción, no se te vaya a ocurrir abusar de mí.

Llevaba apenas la bata de baño, con los pechos medio al aire y los muslos pálidos frente a mí; lo peor era que estaba tan cerca que me bastaba respirar para sentir su aroma.

¿Cómo iba a aguantarme? A esa edad cualquier cosa me encendía, y ahí abajo ya empezaba a marcárseme el bulto. Las escenas de la tele subían de tono y escuchábamos los gemidos de la actriz. Las dos a mi lado dejaron escapar un gemido casi al mismo tiempo.

Ese sonido me encendió y me empezó a aflojar. Una mano pequeña y delicada me apretó con fuerza ahí abajo. Pensé que Brenda no se había aguantado y quería que la tocara.

Pero bajé la mirada y descubrí que era Samanta. No solo me tenía agarrado, sino que empezó a mover la mano de arriba a abajo, y oleadas de placer me recorrieron una tras otra como una descarga. Se me tensó todo; luché contra esa emoción que me recorría y no dejé que se me escapara ni un sonido.

Brenda estaba ahí al lado; si por casualidad me veía… Por suerte, el cuarto estaba bastante oscuro y ella no apartaba la vista de la tele. Poco a poco me relajé, me concentré en la mano delicada de Samanta y empecé a seguirle el ritmo.

Samanta movía la mano cada vez con más amplitud y se me escapó un gemido bajo. Brenda notó que algo raro pasaba y me miró de reojo. Abrió los ojos como platos y miró la escena sin poder creerlo.

Samanta también se puso algo nerviosa y retiró la mano.

—Brenda, no pienses mal. Es que cuando veo películas suelo agarrarme de algo; no lo hice a propósito.

A mí casi se me sale el alma del susto; esta vez Brenda me había pescado con las manos en la masa y era imposible negarlo.

Pero, quién lo diría, ella reaccionó con una ternura inesperada y dijo, tranquila:

—Si tienes ganas, yo te puedo ayudar; soy tu esposa, ¿qué te preocupa?

La tensión que me tenía agarrotado cedió y agité las manos.

—No, no hace falta, mejor sigamos viendo la película.

Las escenas de la tele subían cada vez más de tono y empecé a sentir mucho calor.

Pero ahí abajo sentí algo cálido y apretado que me envolvía y succionaba, y una suavidad resbaladiza que iba de un lado a otro.

La sensación era demasiado intensa, casi explosiva; sentía que me derretía. No podía ser una mano. Parecía una boca. Miré a Brenda, pero ella seguía embelesada con la tele. Entonces solo podía ser…

Bajé la mirada y, en efecto, Samanta estaba agachada entre mis piernas, con la cabeza inclinada, concentrada en lo suyo…

Tenía una técnica increíble. Lo chupaba como si supiera exactamente qué hacer. Jamás en la vida había sentido algo así; me estaba dejando sin fuerzas.

No quería que parara por nada del mundo. Brenda, abrazada a mí, notó que algo no cuadraba; al verme sonrojado, miró hacia abajo y descubrió a Samanta ahí. Se me subió el corazón a la garganta; esta vez ya no era un juego, ¡esto iba en serio!

Se sentía tan rico que no quería que parara por nada. En el fondo, me preocupaba muchísimo que Brenda se enojara, pero no lo hizo. Me preguntó:

—¿Qué tal? ¿Se siente rico?

La miré confundido y asentí, sin saber qué se le pasaba por la cabeza. Entonces ella continuó:

—Si tan rico se siente, mejor deja que mi amiga se haga cargo.

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