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Capítulo 6

Author: Mangonel
Reaccioné.

—Ah, así que tú eres el dueño de Cama Roja. Por lo visto, esa empresa de ustedes tampoco anda metida en nada bueno.

Brenda ya se había vestido debajo de las sábanas.

—Tomás, no seas tan quisquilloso. Además, ¿no te divertiste anoche con mi amiga? —dijo.

La miré sin poder creerlo.

—Tu amiga ya me contó todo. No es más que una trabajadora en el club, y tú le pagaste para que hiciera todo eso. ¿Qué es lo que pretendes?

—¿Y eso qué tiene de malo? ¿No la pasaste bien? —contestó Brenda.

El
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    Ella me engañó, así que iba a demandarla. Llegué enseguida a casa, pero Brenda se me había adelantado. Sentí que se me helaba la sangre. Durante todos esos años de matrimonio, había estado metida en ese negocio sin que yo me enterara.Con razón me había dicho que acostarse con el jefe era cosa de trabajo. Resulta que era por cuestiones de trabajo. Al salir de la oficina, me fui directo a la comisaría a denunciarla.En cuanto llegué, el policía que me atendió empezó a investigar. Esperaba el resultado angustiado, y a la vez temía que Brenda acabara presa por todo esto. Al poco rato, el policía me dijo que no había pruebas de nada ilegal y que no podían hacer nada.Respiré aliviado. Brenda no acabaría en la cárcel por esto. Aun así, no podía creerlo. El dueño de esa empresa grababa videos pornográficos. De la cocina salía un olor delicioso a comida.Al verme llegar, Brenda me ayudó a quitarme el saco y me llevó a sentarme. Me masajeó los hombros y me dijo con dulzura:—Mi amor, seguro tu

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    Reaccioné.—Ah, así que tú eres el dueño de Cama Roja. Por lo visto, esa empresa de ustedes tampoco anda metida en nada bueno.Brenda ya se había vestido debajo de las sábanas.—Tomás, no seas tan quisquilloso. Además, ¿no te divertiste anoche con mi amiga? —dijo.La miré sin poder creerlo.—Tu amiga ya me contó todo. No es más que una trabajadora en el club, y tú le pagaste para que hiciera todo eso. ¿Qué es lo que pretendes?—¿Y eso qué tiene de malo? ¿No la pasaste bien? —contestó Brenda.El jefe también terminó de vestirse y dijo, riéndose:—Amigo, hazme caso en una cosa. En este mundo, ¿quién no se mete con tres o cuatro a la vez? No seas tan quisquilloso. Tu esposa estaba a tu lado y aun así te acostaste con otra. ¿Qué tanto tienes que reclamar?Sentí algo de remordimiento. Era cierto. Anoche Brenda estaba a mi lado; yo también hice todo eso y encima lo disfruté; la pasé de lo lindo.Pero eso había pasado con el permiso de Brenda, y ahora ellos se acostaban en mi propia cama a mi

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    Otra bomba. Brenda me ocultaba un montón de cosas. Samanta sonrió.—Te lo cuento de buena fe, pero ni se te ocurra decirle a tu esposa que yo te lo dije.Asentí, pero al recordar que Brenda me había pedido llevar a Samanta a su casa porque supuestamente tenía algo que hacer afuera, sospeché que ahí había gato encerrado.Le dije a Samanta:—Te doy dinero para el taxi. Tengo unos pendientes en la oficina que no puedo dejar.Tomó el dinero, aceptó y se fue sin perder tiempo. Cuando Samanta se fue, manejé hasta la empresa de Brenda. Quería saber qué hacía en realidad. Pero apenas llegué, el guardia de la entrada me detuvo.Entonces me di cuenta de que, en dos años de matrimonio, nunca había sabido a qué se dedicaba Brenda ni qué hacía cada día. Solo sabía que su empresa quedaba ahí.Levanté la vista. En el letrero se leía Cama Roja Producciones S.A. Debía de ser una productora de contenido. Me arreglé el cuello de la camisa y entré como si nada. Pero enseguida el guardia me cerró el paso.

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    Asentí, emocionado. Jamás imaginé que mi esposa fuera a proponer algo así por su cuenta, y vaya que me venía de maravilla.Le alcé la cara a Samanta y la hice montarse sobre mí. Enseguida estiré la mano y le agarré esos pechos firmes. La sensación era increíble. No cabía de la emoción; lo había deseado durante todo el viaje y por fin podía hacerlo.Me prendí de uno con la boca y sentí cómo le palpitaban las venas. Era una maravilla. Ya la tenía al borde del orgasmo; entre súplicas me dijo:—Ya dame lo que quiero, papito.Asentí, y entonces Samanta se montó encima. No cualquiera podía envolverme así de apretado. Seguimos así durante tres largas horas, hasta quedar tendidos en la cama, satisfechos.Sin duda fue la vez que más gocé en toda mi vida. Sentí que me exprimió hasta la última gota que había acumulado en la semana. Me quedé recostado sobre Samanta, acariciándola y disfrutando de ese calor que queda después del placer.Brenda estaba tendida a un lado; nos miraba, también muy excit

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    Lo que más me excitaba era estar acostado en la misma cama con dos mujeres viendo una película de esas; nunca había vivido algo así.Con la luz apagada, el cuarto quedaba a oscuras salvo por el resplandor tenue de la tele, y el deseo empezaba a crecer en silencio.Pronto, la pantalla empezó a mostrar escenas tan explícitas que costaba sostener la mirada.Brenda se sorprendió al principio, pero enseguida empezó a disfrutarlo. Entrecerró los ojos y hasta deslizó una mano entre sus piernas.Samanta me dio un empujoncito.—Tomás, si más tarde se te nota la reacción, no se te vaya a ocurrir abusar de mí.Llevaba apenas la bata de baño, con los pechos medio al aire y los muslos pálidos frente a mí; lo peor era que estaba tan cerca que me bastaba respirar para sentir su aroma.¿Cómo iba a aguantarme? A esa edad cualquier cosa me encendía, y ahí abajo ya empezaba a marcárseme el bulto. Las escenas de la tele subían de tono y escuchábamos los gemidos de la actriz. Las dos a mi lado dejaron esca

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    Ella respondió con un “ajá” distraído, con la mirada todavía clavada en el celular. Samanta me parecía cada vez más hermosa y más atenta. Cuando entré al baño, Samanta llevaba el cabello suelto y olía a recién bañada.No sé si fue porque el espacio era estrecho o porque lo hizo a propósito, pero al pasar por la puerta se rozó conmigo.Cuando esas nalgas firmes y carnosas me rozaron, me estremecí de pies a cabeza. Sentirlas así era cien veces mejor que con Brenda; eran suaves y grandes.Yo ya estaba en ropa ligera y Samanta apenas traía una bata de baño puesta, así que el contacto fue casi piel con piel.Le sentía el calor del cuerpo. Samanta también se estremeció; volteó a verme y me sonrió.—Perdón, te rocé sin querer. No me imaginaba que la tuvieras tan grande.Al escuchar eso, me llené de alegría y sonreí.—Tú… tú también las tienes bien grandes.Samanta sonrió radiante y volvió a la habitación meneando las nalgas. Se sentó en la cama y me miró sin apartar los ojos. Me encendía de u

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