Esa gente solo recordaba lo que quería recordar. Para ellos, yo era la sombra que vivía pegada a Dante; la desesperada delirante, la acosadora sin vergüenza, la niña ingenua que se la pasaba soñando con convertirse en su Dona. Así me habían etiquetado desde el principio.La realidad era muy diferente, pero nadie la conocía: fue Dante quien me persiguió a mí. Cada invitación formal, cada llamada a altas horas de la noche, cada paso crucial en nuestra relación había provenido exclusivamente de él. Sin embargo, Dante siempre valoró en exceso su privacidad y su seguridad, y bajo ese pretexto, insistió en mantener nuestro matrimonio en la más estricta clandestinidad. Por eso ahora todo el mundo se tragaba su papel de víctima inocente y prefería tacharme a mí de oportunista.A fin de cuentas, él era el Don más joven del territorio norteño: brillante, despiadado y sumamente atractivo. Ante los ojos de la alta sociedad mafiosa, yo no era más que una cualquiera que se colaba en sus eventos so
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