Aquel mensaje de Viviana actuó como un salvavidas. Dante no lo dudó ni un segundo; siguió las indicaciones al pie de la letra y condujo a toda velocidad hacia su departamento. Sin embargo, en cuanto ella abrió la puerta, una silueta se abalanzó sobre él. Viviana vestía una sugerente lencería de encaje y se le arrojó al cuello sin darle tiempo a reaccionar.—Don Fumagalli, por fin vino —le susurró—. Sabía perfectamente que sigo siendo su mayor preocupación.Ella acortó la distancia, deslizando los dedos con audacia sobre su pecho.Dante se quedó rígido, paralizado por una intensa oleada de asco. Levantó la mano y la apartó de un empujón, sin la menor consideración. Se mantuvo firme en el umbral, con una mirada gélida e implacable, conteniendo a duras penas la repulsión que ella le provocaba.—¿Dónde está Tessa? —le exigió de inmediato.Al constatar que su mente y corazón estaban ocupados por otra mujer, Viviana lo miró con rencor mientras se clavaba las uñas en las palmas de las m
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