Leo dijo con tono indiferente:—Ya es hora de comer, podemos ir juntos.—Quedé con un amigo. —¿Tú a qué vas? No tengo mesa reservada para ti.Catalina cruzó las piernas, apoyó la mejilla en una mano y miró por la ventana.—Si quieres llevarme, puedes.Leo la observó con sus profundos ojos.—Tú pegaste a él, yo fui quien llevó los regalos para resolverlo.—Si otra persona te ayudara, ¿también le responderías con esa actitud?Catalina soltó una risa sarcástica.—¿Ayudarme? ¿A qué llamas ayudarme?—Lo que hiciste fue proteger las relaciones de la familia Cantú, pero lo disfrazas de justicia.Bajó la ventanilla y dejó que el viento alborotara su cabello.Su voz se volvió más ligera.—No finjas. —Si hoy no hubieras sonsacado a Ernesto, me habrías obligado a disculparme con él, ¿verdad?Sonrió con amargura.—Después de todo, don Diego fue quien patrocinó los estudios de Laura.—El benefactor de tu amante, el benefactor de tu benefactora.—Para ti, también es un benefactor, ¿no?Catalina se
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