Bruno, al llegar a este punto, apretó los dientes con rabia, como si sintiera que había cometido un error enorme.—Ante sus súplicas desesperadas, corrí de inmediato hasta allá, confirmé que su exesposo ya estaba muerto. Rocío lloraba desconsolada, completamente desesperada, y frente a mí quiso quitarse la vida. Yo, ingenuo y estúpido, caí redondo en su juego. ¿Cómo iba a dejar que se quitara la vida frente a mis propios ojos? Además, pensaba que todo eso había pasado por culpa de que descubrieran lo nuestro, así que sentía culpa y lástima al mismo tiempo. Al final, sin otra opción, le dije que me entregaría, que diría que había pasado a dejarle algo y que me la había encontrado por casualidad, y que en medio de un forcejeo, maté al hombre en defensa propia sin querer. Pensé que ella se opondría, que no me dejaría correr ese riesgo.Bruno soltó una risa amarga, una risa que dejaba ver lo ingenuo que había sido.—Pero jamás me imaginé que Rocío estaba esperando exactamente esas palabras
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