Cecilia vio cómo las expresiones de todos se volvían serias y silenciosas.Sintió un sobresalto, ¿acaso había dicho algo que no debía?Justo cuando estaba tan desconcertada que no sabía qué hacer, Don Suárez rompió el silencio con una sonrisa apagada:—No hay nadie más. Esta noche solo estamos nosotros, así que coman. Hay personas que ya nunca volverán a sentarse a la mesa con nosotros.Cecilia miró a Sebastián, sin saber qué hacer.En el fondo, ya tenía un mal presentimiento.Sebastián intentó tranquilizarla con un gesto.Cuando Cecilia volvió a mirar a Don Suárez, aunque todavía conservaba una sonrisa en el rostro, detrás de ella se escondía una tristeza y una contención difíciles de describir.—Cecilia, ¿te has preguntado por qué, si solo somos cuatro, hay seis juegos de cubiertos sobre la mesa?Tal vez Don Suárez había notado su desconcierto y su confusión, porque de pronto preguntó con calma.—No, no, yo...Cecilia se apresuró a negarlo. Al parecer, ya había entendido lo que estab
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