Si hubiera bebido aquel refresco, Todd simplemente habría dicho que era una aguafiestas incapaz de divertirse.Ahora, en cambio, permanecía en silencio, mientras Lula mantenía la cabeza baja. La tensión que envolvía el salón era tan densa que casi costaba respirar.Por suerte, mi teléfono vibró en ese momento, dándome una excusa perfecta para salir.Apenas la puerta se cerró detrás de mí, el salón volvió a llenarse de vida, y los escuché gritar:—¡Hora de jugar al póquer! Lula, saca una carta. Dividámonos en equipos.—Todd, ¿ya sacaste la tuya? —preguntó Lula entre sollozos.—Sí, date prisa —asintió Todd.Me apoyé contra la pared, intentando tragar el nudo amargo que tenía en la garganta.Al otro lado de la línea, el director de Recursos Humanos intentaba convencerme de que cambiara de opinión.—¿Estás segura de que quieres renunciar, Harper? El próximo mes está previsto tu ascenso a supervisora del departamento.A través de la delgada puerta de madera, escuché a Todd y a Lula vitorear
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