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Capítulo 2

ผู้เขียน: Belén Cadiz
Si hubiera bebido aquel refresco, Todd simplemente habría dicho que era una aguafiestas incapaz de divertirse.

Ahora, en cambio, permanecía en silencio, mientras Lula mantenía la cabeza baja. La tensión que envolvía el salón era tan densa que casi costaba respirar.

Por suerte, mi teléfono vibró en ese momento, dándome una excusa perfecta para salir.

Apenas la puerta se cerró detrás de mí, el salón volvió a llenarse de vida, y los escuché gritar:

—¡Hora de jugar al póquer! Lula, saca una carta. Dividámonos en equipos.

—Todd, ¿ya sacaste la tuya? —preguntó Lula entre sollozos.

—Sí, date prisa —asintió Todd.

Me apoyé contra la pared, intentando tragar el nudo amargo que tenía en la garganta.

Al otro lado de la línea, el director de Recursos Humanos intentaba convencerme de que cambiara de opinión.

—¿Estás segura de que quieres renunciar, Harper? El próximo mes está previsto tu ascenso a supervisora del departamento.

A través de la delgada puerta de madera, escuché a Todd y a Lula vitorear mientras chocaban las manos.

—Sí, estoy segura —susurré, cerrando los ojos.

El director sonó decepcionado, pero me explicó el proceso para entregar mis responsabilidades.

Cuando finalmente regresé al salón, ya no quedaba nadie.

Una empleada de limpieza que recogía la mesa me miró con sorpresa.

—Ah, ¿usted estaba con ese grupo? El señor Rossi dijo que iban a la playa a hacer una parrillada. Ya pagaron la cuenta y se marcharon.

Aflojé lentamente el puño que había mantenido cerrado y solté un suspiro. Todd se había olvidado de mí otra vez.

Como ya era tarde, esperé un buen rato junto a la acera antes de tomar un taxi a casa. En cuanto crucé la puerta, mi teléfono comenzó a sonar.

Era Todd.

—¿Por qué no viniste con nosotros? —me reclamó, furioso, con tono acusador—. ¿En serio estás haciendo un berrinche por una bebida? ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo buscándote?

Me cambié los zapatos por las pantuflas con total tranquilidad.

—Cuando todos se fueron, yo estaba en el baño atendiendo una llamada.

Todd hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, su voz sonó más tensa.

—¿Qué podía ser tan importante como para tardar tanto?

Seguía creyendo que la culpa era mía.

—Como sea. Nos quedaremos en la costa hasta el amanecer. Vuelve en taxi.

La llamada terminó.

Ni siquiera sabía que yo ya estaba en casa.

Observé la pantalla de bloqueo. De fondo seguía nuestra fotografía de graduación.

En aquella época, Todd nunca permitía que me conformara con menos.

Se sabía de memoria mis comidas favoritas, me compraba ropa que me favorecía y comenzaba a planear mi cumpleaños con meses de antelación.

Era el chico de oro de la universidad, famoso por su memoria impecable. Si yo alguna vez mencionaba un antojo, aparecía frente a mi puerta a la mañana siguiente.

Si comentaba casualmente que quería un té de jazmín, corría hasta la tienda y me lo entregaba mientras se secaba el sudor de la frente.

—Está a temperatura ambiente. Me aseguré de que no estuviera frío —anunciaba, todavía jadeando.

Cuando dije que las togas de graduación que habíamos alquilado eran bonitas, decidió comprarlas y aseguró que podríamos usarlas en las fotos de nuestra futura boda.

Pero el mes anterior se había quejado de que ocupaban demasiado espacio y las había tirado sin más.

Ahora, en su lugar, había una enorme caja llena de joyas de lujo.

Durante las últimas semanas, había reunido cada una de esas piezas para el cumpleaños de Lula, aunque todavía faltaban seis meses. Su memoria no estaba fallando. Todo lo que había en aquella caja respondía a los gustos de Lula.

Ella ocupaba un lugar permanente en su memoria, mientras que yo no era más que una inquilina temporal que se había quedado demasiado tiempo.

Mi tiempo se había agotado y debía marcharme en silencio.

...

Al mediodía del día siguiente, la puerta principal se abrió, y tras ella aparecieron Todd y Lula, riendo y charlando.

—¿Recuerdas cuando, en nuestro segundo año, saltamos el muro para ir a comer una parrillada y te rasgaste los pantalones con la cerca? —preguntó Lula entre risitas—. ¡Le dijiste al profesor que un gato callejero te había arañado!

—Vamos —respondió Todd también riendo, mientras le daba un ligero empujón en el hombro—. Si no hubieras estado lloriqueando porque querías costillas, ¿crees que habría trepado una cerca de alambre de púas?

Lula sacó la lengua, hizo una mueca y volvió a reír. Al verme, su sonrisa se ensanchó aún más.

—¡Ah, Harper! Te lo perdiste. La parrillada en la playa estuvo increíble.

Me encogí de hombros y miré a Todd directamente.

—Todd, tenemos que hablar.

—Después —respondió con indiferencia mientras me ponía un vaso en las manos—. Lula preparó unas bebidas. Esta es para ti.

En la otra mano sostenía otro vaso: una bebida de mango y maracuyá que ya estaba por la mitad.

—¡La preparé especialmente para ti, Harper! —exclamó Lula alegremente mientras se acercaba—. Le añadí una medida extra de jarabe de durazno. ¡Pruébala!
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