Las lágrimas no dejaban de caer. Por más que intentara contenerlas, por más que me limpiara el rostro con el dorso de la mano, seguían brotando como un río desbordado. De pronto, Maximilian me tomó entre sus brazos, abrazándome, fundiéndome en su calor. Mi rostro hundiéndose en el hueco entre su hombro y cuello. Mis lágrimas mojaban la tela, pero a él poco parecía importarle. Su agarre era tan reconfortante que me sentí culpable por ello, por sentir consuelo con él. Mi corazón era tan débil por él, pero tenía que resistirme. —Aún te odio —susurré entre sollozos, sin mirarlo. Y pese a mi vergüenza, mi nariz inhaló con fuerza su aroma a bergamota—. No creas que porque estás aquí voy a olvidar todo lo que hiciste. Esperaba que se enfadara. Esperaba que se fuera. Pero, en lugar de eso, escuché una risa baja, casi imperceptible. Su cuerpo vibró contra el mío. Levanté la vista, confundida. Maximilian estaba sonriendo, sus dedos acariciando suavemente mi cabello, como si el hecho de
Última actualización : 2026-08-26 Leer más