Sebastián volvió a tomar el bolígrafo y se hundió de nuevo en los documentos, buscando enterrar el desorden en los pendientes de la empresa.Afuera, la noche pasó del negro al azul oscuro. Cerca de las cuatro de la madrugada, terminó de repasar la última carpeta.Dejó el bolígrafo y se echó hacia atrás en el respaldo. Un cansancio denso se le metió en los huesos, seguido de un vacío seco. Las horas de trabajo continuo le apagaron los sentidos a la fuerza, pero el agujero seguía ahí, intacto.En el silencio de la madrugada, cuando se caía la máscara del trabajo, solo le quedaba un dolor sordo latiéndole en el pecho.Agarró el saco, salió y le pidió al chófer que lo dejara en un bar privado al que solía ir.En una mesa apartada, entre luces bajas, había tres vasos vacíos. Sostenía un cuarto trago de whisky. El líquido ámbar le devolvía el brillo rojo de los ojos. El alcohol le quemaba en la boca del estómago, pero no le apagaba la cabeza.El celular vibró sobre la madera. En la pantall
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