Valeria los miró en silencio. Afuera, las luces de la calle se derretían en los cristales empapados por la lluvia y se reflejaban un instante en sus ojos.—Ya dije que vendrán por mí.Su voz sonó tranquila, pero con esa clase de certeza que no admite réplica.En ese instante, cortando la cortina de agua, un sedán negro se deslizó con suavidad hasta detenerse frente a la entrada.Era un modelo discreto, de esos que apenas llaman la atención, aunque la elegancia se adivinaba en cada línea. Bastó ver la placa oficial para que el portero, acostumbrado a recibir coches de lujo todos los días, enderezara la espalda por instinto.El chofer descendió sin prisa, impecable bajo el aguacero. Abrió un paraguas oscuro, dio la vuelta al vehículo y abrió la puerta trasera.Ante la mirada atónita de Sebastián y Camila, Valeria caminó hacia el auto. Inclinó ligeramente el cuerpo y tomó asiento en el asiento trasero.El hombre cerró el paraguas y la puerta, aislando el habitáculo del bullicio. Los cri
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