Tres meses después había adelgazado tanto que parecía otra persona.El aire húmedo de aquella pequeña ciudad del sur se pegaba a mi piel. Alquilaba un estudio en el sexto piso de un edificio sin ascensor y cada vez que subía las escaleras tenía que apoyarme en la pared para recuperar el aliento.Había un espejo detrás de la puerta. La mujer que veía reflejada tenía el cabello corto y revuelto, los pómulos marcados y profundas ojeras. Ya no me reconocía.La propietaria era una buena mujer. Me veía pasarme el día haciendo traducciones y, de vez en cuando, me llevaba comida.—No te exijas tanto, muchacha.Yo se lo agradecía y regresaba a la computadora.Primero necesité una pastilla para dormir, luego dos y, con el tiempo, ni siquiera tres bastaban para descansar unas horas.En sueños volvía a sentir el viento del desierto azotándome el rostro. Al despertar, la almohada estaba húmeda.Una tarde terminé de traducir un contrato y me desplomé sobre el escritorio, agotada. El celular vibró.U
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