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Me Mandaste Lejos Para Estar Con Ella

Me Mandaste Lejos Para Estar Con Ella

By:  Leticia Velázquez MoralesCompleted
Language: Spanish
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Después de pasar cinco años asignada a un proyecto lejos de casa, salí del aeropuerto convencida de que Pablo Alcázar cumpliría su promesa y me pediría matrimonio. Pero me recibió con el rostro impasible. —Perdóname. Antes de que pudiera reaccionar, continuó: —Yo manipulé tu traslado… Te envié a propósito a un proyecto remoto, en una zona desértica de gran altitud del noroeste, para que Verónica y yo pudiéramos estar juntos. Ella estaba embarazada y yo no veía otra salida. Permanecí en silencio, mordiéndome el labio hasta sentir el sabor de la sangre. Cinco años de tormentas de arena, veranos abrasadores, temperaturas invernales de hasta treinta grados bajo cero y jornadas infernales de dieciséis horas. Todo había sido una cárcel diseñada por él. —Eres dominante y agresiva. Temía que le hicieras daño —continuó—. No te lo cuento para que me perdones, sino para que tengas tiempo de calmarte y no armes un escándalo. Su voz estaba cargada de resignación. Retrocedí cuando intentó tocarme y sonreí entre lágrimas. —Pablo, lo nuestro pudo haber terminado con dignidad, pero tú lo convertiste en algo imperdonable.

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Chapter 1

Capítulo 1

Pablo siguió mi taxi en su auto y me hizo señales con las luces.

El conductor me observó por el retrovisor.

—Señorita, ese auto lleva rato siguiéndonos. ¿Es algún conocido suyo?

Me limpié la sangre de la comisura de los labios.

—No.

—¿Quiere que intentemos perderlo?

—No hace falta. Sabe adónde voy.

El edificio de departamentos seguía igual. Arrastré la maleta hasta la puerta y saqué la llave.

La llave no giró en la cerradura.

La puerta se abrió desde dentro.

Verónica Serrano llevaba un camisón de seda y sostenía en brazos a un niño. Al verme, se quedó inmóvil por un instante y luego sonrió.

—Regresaste.

El niño se aferró a su cuello y me miró con curiosidad.

—Mamá, ¿quién es ella?

—Una señora que vivía aquí antes.

Verónica le acarició la cabeza y volvió la mirada hacia mí.

—¿Quieres pasar un rato? Pablo dijo que llegabas hoy, pero no pensé que fuera tan temprano.

Miré la sala detrás de ella. En la pared colgaban varias fotos de ellos como pareja, el sofá era nuevo y en el balcón se secaba ropa infantil.

—Este lugar…

—Es mi casa —me interrumpió con suavidad—. Lo es desde hace cinco años. En cuanto te fuiste, Pablo me pidió que me mudara aquí.

Una rueda de mi maleta quedó atrapada entre la puerta y el marco.

—Me dijo que nos casaríamos en cuanto te fueras.

El niño comenzó a impacientarse y se retorció para que lo bajara. Verónica lo dejó en el suelo y él corrió de inmediato hacia la caja de juguetes de la sala.

Ella se apoyó en el marco de la puerta y me examinó de arriba abajo.

—Estás mucho más delgada. Debió de ser duro vivir allá, ¿no?

Apreté el asa de la maleta.

—¿Pablo volverá dentro de poco?

—No lo sé.

Alzó una ceja.

—¿Para qué lo buscas? ¿Quieres dinero o una explicación?

—No quiero nada de él.

—Entonces, ¿para qué regresaste?

Contemplé su rostro impecable y de pronto sentí náuseas.

—Regresé —respondí, esforzándome por mantener la calma— para recuperar lo que es mío.

Verónica se echó a reír.

—¿Qué podría quedar aquí que todavía sea tuyo? Tiré tu ropa hace años. Pablo dijo que tus libros ocupaban demasiado espacio, así que también los vendimos. Y todas esas plantas que cuidabas murieron.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Dejé de regarlas a propósito.

Me di la vuelta y presioné el botón del ascensor. Su voz me alcanzó desde atrás.

—Carmina, no armes un escándalo. Ya no tienes nada y no puedes competir conmigo.

Las puertas del ascensor se cerraron. Apoyé la espalda contra la fría pared metálica y cerré los ojos.

Creí que esos cinco años serían un trampolín para mi carrera. En realidad, habían sido una larga luna de miel para ellos.

***

Al día siguiente fui a la empresa para formalizar mi reincorporación.

Laura Méndez, de Recursos Humanos, me recibió con una expresión difícil de descifrar.

—Carmina, acerca de tu puesto…

—Lo sé. Verónica se quedó con él.

Dejé la maleta en un rincón.

—No importa. Asígname cualquier puesto disponible.

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