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Capítulo 2

Author: Leticia Velázquez Morales
Laura suspiró y abrió mi expediente en la computadora.

—Aquí dice que solicitaste voluntariamente incorporarte al proyecto de aquella región remota, que soportaste condiciones extremas y que completaste el trabajo con éxito.

—Yo nunca solicité ese traslado. Lo demás sí es cierto.

—Pero…

Laura bajó la voz.

—En los informes de los tres proyectos que dirigiste, Verónica figura como autora principal.

Me quedé atónita.

—Eso es imposible. Esos proyectos eran míos…

—Según el expediente, tú lo autorizaste.

Laura abrió un documento y giró la pantalla hacia mí.

—Mira. Es un anexo de hace cinco años. Tu firma aparece al pie y autoriza a la sede central a decidir cómo se asignarían internamente el reconocimiento por los resultados obtenidos y la participación en los informes y las solicitudes de patente.

La firma era, sin duda, la mía. Sin embargo, no recordaba haber firmado nada semejante.

—Te marchaste con mucha prisa. Pablo se encargó de tramitar muchos de tus documentos.

Laura pareció querer decir algo más, pero se contuvo.

—Carmina, hay cosas que… Olvídalo. Ve a tu escritorio por ahora.

Mi escritorio estaba en una esquina, junto a la impresora, cubierto de objetos ajenos. Algunos compañeros pasaron a mi lado fingiendo no verme; otros apenas inclinaron la cabeza a modo de saludo.

Solo Rosa Delgado se acercó y habló en voz baja.

—¿Por qué regresaste?

—El proyecto terminó.

—Entonces tú…

Miró hacia la oficina de Verónica.

—Ten cuidado. Ahora ella es jefa de área y Pablo es su esposo.

Dejé el bolso sobre el escritorio.

—Lo sé.

Esa tarde sonó mi celular. Era Pablo.

No contesté. Volvió a llamar tres veces seguidas y atendí la cuarta.

—Tenemos que hablar.

—No hay nada de qué hablar.

—Verónica está embarazada otra vez. El médico dice que es un embarazo de alto riesgo y que ella no debe alterarse. ¿Podrías mantenerte alejada de nosotros por un tiempo?

Parecía agotado.

Desde el otro extremo de la llamada llegó la voz del niño.

—¡Papá, mamá volvió a vomitar!

—¡Ya voy!

Pablo se apresuró a terminar la conversación.

—Eso es lo único que te pido. Por favor.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla y recordé lo ocurrido cinco años atrás. El día en que recibí la orden de traslado, lo llamé llorando.

—Espérame, voy para allá —me dijo.

Después me abrazó.

—Ve. Tómalo como una oportunidad para crecer. Te esperaré y, cuando regreses, nos casaremos.

Aquel día percibí en su ropa un tenue perfume que él no usaba.

Ahora sabía que pertenecía a Verónica.

***

Fui al hospital para hacerme una revisión completa. El médico frunció el ceño mientras estudiaba los resultados.

—Su situación…

—Dígamelo sin rodeos.

—Tiene endometriosis avanzada y una disminución grave de la reserva ovárica. Sus posibilidades de concebir de manera natural son muy bajas.

Apreté el informe con tanta fuerza que el borde del papel me lastimó la mano.

—¿Se debe a las condiciones en las que trabajé?

—Esas condiciones no pueden considerarse la causa directa de la endometriosis, pero las jornadas extenuantes, el estrés prolongado y la falta de atención médica pudieron agravar los síntomas y retrasar el diagnóstico —explicó tras una breve pausa—. Aún es joven. Si inicia un tratamiento de fertilidad ahora, todavía podría haber alguna opción.

Salí del consultorio. En el pasillo había varias mujeres embarazadas que se acariciaban el vientre, radiantes de felicidad. Un hombre estaba en cuclillas, con una mano sobre el abdomen de su esposa, intentando sentir al bebé moverse.

Pasé junto a ellos y abrí la puerta de la escalera de emergencia. No había nadie. Me agaché y escondí el rostro entre las rodillas.

No quería llorar.

Sentía que, si lo hacía, estaría admitiendo la derrota.

Tres días después se celebró la fiesta anual de la empresa. No quería asistir, pero Rosa insistió.

—Llevas muchos años aquí. No quedaría bien que faltaras.

Me puse un vestido negro y permanecí en una esquina del salón. Las luces eran intensas y la música, ensordecedora.

Pablo y Verónica entraron del brazo. Todos se arremolinaron a su alrededor.

—¡Felicidades!

—¡Qué alegría que venga otro bebé!

Verónica dio las gracias con una sonrisa, sin apartar la mano de su vientre. Pablo le rodeó la cintura y la miró con una ternura casi palpable.

Alguien reparó en mí y me señaló discretamente con un gesto de la barbilla. El grupo enmudeció un instante y enseguida reanudó la celebración.

Verónica avanzó hacia mí, exhibiendo el vientre.

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