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Capítulo 4

Author: Leticia Velázquez Morales
—Esas fotos y esas conversaciones… ¿Quién más, aparte de ti, podía tener acceso a todo eso?

Me sujetó de la muñeca.

—¡Cálmate!

—¿Cómo quieres que me calme? —grité—. ¡Si a mi padre le pasa algo, te mato!

La puerta se abrió. El médico salió y se quitó la mascarilla.

—Lo siento.

Mi mundo se derrumbó en ese instante.

Tres días después, durante el velorio, mi madre no me dejó entrar.

—Vete —me dijo desde el otro lado de la puerta—. No quiero que entres. No después de todo lo que pasó.

Me quedé frente a la casa desde la mañana hasta la noche.

Por la tarde llegaron Pablo y Verónica.

Cuando Verónica me vio, dijo con suavidad:

—Mi más sentido pésame.

Miré a Pablo como si quisiera matarlo. Él palideció.

Verónica le tiró de la manga.

—Vámonos.

Se marcharon. Mi madre abrió la puerta por fin y me contempló con odio.

—¿Ya estás satisfecha? Tu padre murió. ¿Eso era lo que querías?

Me aferré a sus piernas.

—Mamá…

—¡No me toques! —Me empujó—. ¡Yo no tengo una hija como tú!

Quedé tendida en el suelo, con la frente apoyada contra las baldosas heladas.

Una semana después de la muerte de mi padre, recibí una llamada de la empresa.

—Señorita Torres, la empresa ha decidido despedirla.

La voz de Recursos Humanos fue implacable.

—El motivo es una infracción grave de la ética profesional. Durante el proyecto en la zona desértica del noroeste mantuvo relaciones inapropiadas con varios compañeros.

Corrí a la empresa e irrumpí en el departamento de Recursos Humanos.

—¿Dónde están las pruebas?

La directora de Recursos Humanos —la superiora de Laura— arrojó un montón de fotografías sobre la mesa. Eran imágenes en las que aparecía trabajando con compañeros en la obra, acompañadas de textos obscenos.

—¡Esto es difamación!

—Cuando el río suena, es porque agua lleva —replicó mientras me observaba—. La empresa no puede tolerar a una empleada así.

Fui a buscar a Pablo, pero su secretaria me detuvo.

—El señor Alcázar está en una reunión.

Esperé hasta el anochecer. Cuando finalmente salió de la sala de juntas y me vio, vaciló.

—Sé lo que vas a decir. No puedo hacer nada para cambiar la decisión de la empresa.

—Tú me tendiste esta trampa.

—No fui yo.

Frunció el ceño.

—Verónica dijo que…

—¿Y tú crees todo lo que ella dice?

Me acerqué hasta obligarlo a retroceder.

—Ella mató a mi padre y ahora quiere destruirme. ¿También vas a ayudarla con eso?

—Carmina, cálmate.

—Estoy muy tranquila. Solo quiero preguntarte algo: ¿puedes dormir por las noches?

No respondió.

Me di la vuelta y me marché. Al bajar, un grupo de siete u ocho personas me rodeó con carteles en las manos.

—¡Rompehogares!

—¡Zorra!

—¡Lárgate de esta ciudad!

Alguien me arrojó un líquido rojo que me cubrió de pies a cabeza. Permanecí inmóvil mientras el líquido me escurría por la ropa.

El auto de Pablo salió del estacionamiento subterráneo y se detuvo junto a la acera. Él bajó y dispersó al grupo. Después me miró y suspiró.

—¿Por qué no puedes marcharte con un poco de dignidad? ¿Por qué insistes en llevar esto hasta las últimas consecuencias?

Me pasé una mano por el rostro. El rojo resbaló entre mis dedos.

—¿Dignidad? —pregunté con una sonrisa—. ¿Cómo pretendes que me marche con dignidad después de todo lo que me hiciste?

No dijo nada. Volvió al auto y se marchó.

Cuando llegué al hostal donde me hospedaba, descubrí que habían cambiado la cerradura de mi habitación. Mi equipaje estaba amontonado en el pasillo.

La encargada asomó la cabeza por la puerta.

—Alguien se quejó de ti. Dicen que eres una mujer sin moral —dijo con un gesto impaciente—. No voy a permitir que sigas hospedándote aquí.

Me agaché junto a la maleta. Era la misma que había llevado conmigo cinco años atrás y con la que acababa de regresar.

Nada había cambiado.

Todo había cambiado.

Pasé la noche entera en la calle. La ciudad despertó bajo la luz del amanecer.

Era hermosa.

Pero yo ya no quería quedarme allí ni un minuto más.

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