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Capítulo 3

Author: Leticia Velázquez Morales
Sostenía una copa con un cóctel sin alcohol.

—Felicidades.

—Gracias.

Se acarició el abdomen.

—Será niña. Pablo se puso feliz; dice que quiere que se parezca a mí.

Me observó y bajó la voz de pronto.

—¿Sabes algo? Pablo me confesó que, si no te hubiera enviado lejos, habría tardado mucho más en decidirse.

—¿Qué quieres decir?

—Que te agradezco lo que hiciste por nosotros.

Su sonrisa era dulce.

—Sin tu sacrificio, no tendríamos la vida que tenemos hoy.

La mano me tembló. Unas gotas de la bebida salpicaron mi vestido.

—¿Sabes que, mientras estabas embarazada de tu primer hijo, me fracturé una pierna trabajando en una obra, en pleno invierno y a treinta grados bajo cero? Durante aquellas semanas llegué a tener cuarenta grados de fiebre y estuve a punto de morir.

Parpadeó.

—¿Y?

—Lo llamé diecisiete veces. Nunca contestó.

—Era nuestro aniversario —respondió con una sonrisa—. Estaba conmigo, ayudándome a elegir el vestido de novia.

Respiré hondo.

Ella agregó:

—Era de edición limitada y tenía perlas bordadas en la cintura.

Yo me había probado ese mismo vestido poco antes de que me trasladaran. Entonces Pablo me dijo:

—Cuando nos casemos, compraremos este.

Al parecer, cuando habló de "nosotros" no se refería a él y a mí.

Dejé la copa y me volví para marcharme. No sabía desde cuándo Pablo estaba detrás de mí.

Me miró con una expresión indescifrable.

—Carmina…

—No vuelvas a pronunciar mi nombre. Me das asco.

Salí del salón. Afuera llovía. Me detuve bajo el alero y observé cómo la cortina de agua borraba los contornos de la ciudad.

Oí pasos a mi espalda. Pablo había salido tras de mí. Llevaba un paraguas en la mano y me lo ofreció.

—Tómalo. Te vas a enfermar.

—¿Y a ti qué te importa?

Guardó silencio unos segundos.

—Sé que me odias.

—No te odio. Solo pienso que desperdicié cinco años esperando a una basura como tú.

—Esos cinco años…

—¿Esos cinco años? —lo interrumpí—. Trabajé dieciséis horas diarias en medio del desierto. Pasé tres meses sin menstruar y el cabello se me caía a mechones. Lo soporté porque creía que, al volver, me casaría contigo.

Su rostro cambió.

—Mientras tanto, tú te casaste, tuviste un hijo y ahora esperas el segundo.

—Perdóname.

—¿De qué sirve que lo digas?

Lo miré fijamente.

—Ni siquiera consigo odiarte. Solo me haces sentir que mi vida fue una broma cruel.

La lluvia arreciaba. Él abrió el paraguas e intentó cubrirme, pero aparté su mano y caminé bajo el aguacero.

El agua estaba helada y terminó por empaparme por completo.

***

Una semana después recibí una llamada de mi madre.

—¡Tu papá está en el hospital! —sollozaba al otro lado de la línea.

Regresé a toda prisa. Mi padre, que padecía una enfermedad cardíaca, yacía en la cama.

Mi madre me tomó de la mano.

—Alguien le envió una carta. Dice que eres la amante de un hombre casado y que destruiste su familia.

—¡Eso es mentira!

—¡Hay fotos! —Se secó las lágrimas—. También incluyeron tus conversaciones con Pablo y declaraciones de personas de tu empresa.

Le arrebaté el sobre. Las fotos estaban manipuladas y los mensajes, falsificados, pero parecían auténticos. Le escribí de inmediato a Pablo y le exigí que viniera al hospital a explicar de dónde habían salido aquellas falsificaciones.

—Papá, déjame explicarte.

Abrió los ojos y me observó durante un largo rato.

—Yo te creo.

Después cerró los ojos.

El monitor cardíaco emitió una alarma estridente. Los médicos entraron corriendo y me hicieron salir de la habitación.

Al salir al pasillo, vi a Pablo.

—Vine en cuanto vi tu mensaje.

Lo miré y, sin pensarlo, me lancé contra él y le di una bofetada con todas mis fuerzas.

—¡Tú hiciste esto!

—No sé de qué hablas.

—¿No lo sabes?

Lo agarré del cuello de la camisa.

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