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Capítulo 4

Autor: Silvia Aguirre
Adrián entró con paso firme. Llevaba un traje negro hecho a medida que realzaba su elevada estatura y su porte elegante. En cuanto apareció, el salón enmudeció. Todos contuvieron el aliento ante aquel hombre que había sido el más admirado del colegio y que ahora era una leyenda del mundo empresarial de Altaclara.

Manuela tembló al ver, sobre su camisa blanca, la corbata azul oscuro de estampado discreto.

—¡Se la puso! ¡De verdad lleva la corbata que le envié!

Se apresuró hacia él y le ofreció el ramo con ambas manos.

—Adrián, por fin llegaste. Esa corbata te queda perfecta. Llevo diez años esperándote. Estoy enamorada de ti. ¿Me darías una oportunidad?

Las voces de los demás estallaron de inmediato.

—¡Dile que sí! ¡Manuela te ha esperado diez años!

—¡Hacen una pareja perfecta!

Adrián se detuvo, pero no miró las rosas ni respondió. Su mirada pasó por encima del hombro de Manuela y recorrió el salón. Frunció ligeramente el ceño.

Ella siguió la dirección de su mirada y me vio detrás de la barrera que habían formado Bruno y los otros.

—No mires hacia allá, Adrián. Esa mujer podría arruinarte la noche —dijo mientras intentaba taparle la vista—. Es Daniela, la gorda que te escribió aquella carta. Vino a la reunión con un bolso de más de dos millones de dólares que seguramente robó para fingir que tiene dinero. Estaba a punto de pedirles a los guardias que la entregaran a la policía.

Luego se volvió y gritó:

—¡Bruno! Tráela aquí para que Adrián vea qué clase de mujer es. ¡Pónganle también el uniforme 4XL!

Bruno me agarró el brazo y tiró de mí. Camila recogió el uniforme y volvió a lanzármelo por encima de la cabeza.

No me aparté. Dejé que un extremo del uniforme cayera sobre mi hombro y levanté la mirada hacia Adrián, que estaba a pocos pasos.

Sus ojos se detuvieron en el uniforme, después en la mano con la que Bruno me sujetaba. En un instante, toda calidez desapareció de su expresión.

Ignoró por completo a Manuela y avanzó hacia mí.

Ella corrió detrás de él.

—No te ensucies las manos. Deja que los guardias se encarguen de esta ladrona y la echen a la calle.

Cuando Adrián llegó frente a mí, Bruno me soltó de inmediato y sonrió con servilismo.

—Nosotros nos encargaremos de esta mujer.

No alcanzó a terminar. Adrián arrancó el uniforme de mi hombro, se lo arrojó a la cara y le dio un puñetazo que lo hizo retroceder. Luego, ante las miradas atónitas de todos, se inclinó y me sacudió suavemente la manga, como si quisiera quitarme una mota de polvo.

—Amor, perdóname por llegar tarde.

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