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Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo
Mi Rival Se Declaró a Mi Esposo
Autor: Silvia Aguirre

Capítulo 1

Autor: Silvia Aguirre
—Sí que quieres divertirte. Entonces procuraré llegar en el momento justo para no arruinarle el espectáculo.

Adrián soltó una risa y me acomodó un mechón detrás de la oreja. Después metió en mi bolso una tarjeta negra sin límite de crédito.

—No escatimes en gastos. Diviértete.

No quise que el chofer me llevara. Conduje yo misma el Maybach hasta el estacionamiento subterráneo del Palacio Valdoria, donde la reunión de exalumnos se celebraba en el salón de banquetes del tercer piso.

En cuanto llegué a la entrada, oí una voz amplificada por el micrófono.

—¡Atención! ¡Se cerraron las apuestas! Daniela apostó doscientos mil dólares contra Manuela. Si Adrián le corresponde, Manuela se quedará con esa cantidad; si la rechaza, Manuela tendrá que pagarle dos millones. Pero la principal atracción de la noche será el espectáculo de aquella compañera nuestra que llegó a pesar cien kilos.

Abrí la puerta. En medio de la alfombra roja habían colocado una enorme báscula industrial de plataforma, todavía oxidada en los bordes. A su lado, de un perchero de acero inoxidable colgaba mi viejo uniforme escolar talla 4XL, que despedía un fuerte olor a naftalina.

En el centro de cada mesa había un marco de cristal. Dentro no estaba el menú, sino una copia de la carta que le había escrito a Adrián diez años atrás. Alguien la había fotografiado entonces y aquella imagen había terminado circulando entre los compañeros. Hasta la mancha que dejó la papa frita que estaba comiendo mientras escribía había sido reproducida a todo color y en alta definición.

Entré con zapatos planos. Apenas me había maquillado y llevaba una gabardina sobre el vestido; me había recogido el cabello largo de cualquier manera con una pinza.

—Oye, tú. ¿Eres una mesera?

Bruno López probaba el micrófono sobre el escenario y me gritó sin levantar la vista.

—Ve a limpiar esa báscula. Dentro de un rato se subirá una cerda de verdad, y no queremos que nuestra reina tenga que ver semejante mugre.

Las carcajadas estallaron a mi alrededor. No les presté atención. Caminé hasta la mesa principal, me quité la gabardina, la dejé sobre el respaldo de una silla situada justo frente a la entrada y me senté.

—¿Estás ciega? ¡Ese lugar no es para ti!

Camila Soto, la inseparable seguidora de Manuela, chilló y se apresuró hacia mí. Extendió la mano hacia el respaldo, dispuesta a echarme de allí, pero se quedó inmóvil en cuanto me vio la cara y abrió los ojos de par en par.

Tomé uno de los marcos de cristal y pasé el pulgar sobre la copia de la carta.

—¿Qué pasa? ¿No fueron ustedes quienes me mencionaron cincuenta veces en el grupo porque no podían celebrar esta reunión sin mí?

Camila soltó un jadeo y me señaló.

—Daniela Rivas... ¿De verdad eres tú? ¿Cómo pudiste cambiar tanto?

Decenas de miradas se clavaron en mí y el salón quedó en silencio. Desde el fondo se oyó un taconeo apresurado.

Manuela apareció con un vestido de gala, rodeada por un grupo de compañeros. Su sonrisa desapareció al verme. Me examinó el rostro casi sin maquillaje y después la cintura; la copa de champaña tembló un instante en su mano antes de que adoptara una expresión burlona.

—Daniela, ¿de verdad fuiste capaz de arriesgar la vida por adelgazar?

Se detuvo frente a mí y dio unos golpecitos sobre la mesa.

—Reducción de estómago, liposucción por todo el cuerpo y hasta retoques faciales. Debiste gastar una fortuna, ¿verdad?

—Todo para poder ver a Adrián una vez más. ¡Qué conmovedor! —añadió Camila con sarcasmo—. Yo sabía que nadie podía transformarse así de manera natural. Todo fue a punta de bisturí.

—Quién sabe cuánto debió sufrir. Seguro tiene el abdomen cubierto de cicatrices —dijo alguien.

—Cuando Adrián se entere, le dará asco.

Manuela bebió un sorbo de champaña.

—Pero ninguna cirugía puede quitarte esa inseguridad que llevas metida hasta los huesos ni borrar tu pasado de chica gorda. Ya que te atreviste a venir y aceptaste la apuesta del grupo, empieza tu espectáculo.

Señaló la báscula del centro del salón.

—Súbete. Veamos cuántos kilos de grasa te sacaron.

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    Cuando salimos del hotel, la brisa nocturna era fresca. Habían llevado el Maybach hasta la entrada y Ricardo nos abrió la puerta.El panel divisor se elevó despacio, separando los asientos delanteros de la parte trasera y dejándonos en completa privacidad.Me recosté en el asiento de cuero y solté un largo suspiro. Sentí que aquel peso que había cargado durante tantos años por fin desaparecía.Habían pasado diez años. Aquella chica, tan acomplejada por su peso que quería desaparecer, no se había atrevido a confesar su amor cara a cara y había recurrido a una carta. Ahora, por fin, había dejado atrás las sombras del pasado.Adrián se volvió hacia mí, tomó mi mano fría con una de las suyas, grande y cálida, y con la otra sacó del bolsillo la copia de la carta. Empezó a leerla en voz alta a la luz amarillenta de las farolas que se filtraba por la ventanilla.—Adrián, aunque ahora peso el doble que tú, lo que siento por ti es muchísimo más grande que lo que sienten todas las demás chicas d

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