El aire del apartamento de Isabela era tibio, espeso, impregnado de jazmín y vainilla —una fragancia dulce, calculada, que intentaba envolverlo y hacerlo olvidar—. La luz de las velas bañaba las paredes en tonos ámbar y oro viejo, y fuera, la noche seguía oscura y profunda, ajena a todo lo que ocurría entre esas paredes.Isabela lo atrajo hacia sí, suave, segura, dueña de cada movimiento. Sus manos recorrieron su pecho, su espalda, con la familiaridad de quien cree tener derecho. Dante la dejó hacer. Cerró los ojos cuando ella lo besó… y en ese instante, el rostro que vio no fue el de ella. Fue el de Valeria.La piel que tocaba la imaginó más suave, más cálida, con ese brillo que solo ella tenía, como si la luz se le quedara adherida. El cabello entre sus dedos lo imaginó castaño oscuro, pesado y sedoso, deslizándose entre sus dedos como agua tibia, no rubio y liso. El suspiro que escuchó lo transformó en la voz de ella, baja y entrecortada, diciendo su nombre como nadie más lo hacía:
Última actualización : 2026-09-22 Leer más