Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
Dernière mise à jour : 2026-10-12 Read More