Al verme con las piernas abiertas, apretadas alrededor del señor Aranda, Delia se quedó paralizada. Y yo, al ver a mi esposo de pie a su lado, me quedé petrificada, todavía más que ella.—¡¿Qué están haciendo?!Delia volvió en sí y su voz histérica retumbó en toda la habitación. Se nos echó encima como loca y empezó a golpearnos con su bolso, a mí y al señor Aranda. Mientras tanto, mi esposo seguía de pie en el mismo lugar, con el semblante ensombrecido.Yo creía que, al menos en ese momento, el señor Aranda me iba a proteger. Pero nunca me imaginé que, después de salirse de mí, en vez de ponerse delante para cubrirme, se tirara de rodillas frente a Delia.—Perdóname, mi amor, ¡todo es culpa de ella! ¡Ella me sedujo!Me quedé boquiabierta. Jamás se me ocurrió que él, el que varias veces me había arrastrado al pantano del deseo, fuera el primero en echarme toda la culpa en ese momento.—¡Desgraciada! ¡Puta!Estaba claro que, con lo que dijo, había logrado desviar la furia de Delia. En e
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