—No pasa nada, está dándole pecho al bebé. Ya sabes que Tony mama despacio, ¿de dónde va a sacar tiempo para vernos tener sexo? Además, si nos ve, ¿no tiene más morbo?En la sala, apenas Delia terminó de hablar, llegó la voz del señor Aranda, que jadeaba. Como yo ya sabía de esas cosas, entendí enseguida lo que iban a hacer. En una situación así, lo que me tocaba era fingir que no me daba cuenta.Pero no pude contenerme. Aproveché que el bebé se había dormido, me acerqué a la puerta sin hacer ruido, abrí una rendija y me puse a espiar.Mejor no hubiera mirado, porque en cuanto miré, me entró un poco de envidia.Y es que en la sala el señor Aranda tenía a Delia, tan menudita, sujeta con brusquedad contra el sillón. Ella no solo estaba con las piernas bien abiertas, sino que tenía los calzones hechos a un lado, colgándole de los tobillos.Y el señor Aranda, que normalmente parecía de lo más educado, tenía parada una vergota casi tan gruesa como mi muñeca y la restregaba entre las piernas
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