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Capítulo 11

Author: Verde
Al verme con las piernas abiertas, apretadas alrededor del señor Aranda, Delia se quedó paralizada. Y yo, al ver a mi esposo de pie a su lado, me quedé petrificada, todavía más que ella.

—¡¿Qué están haciendo?!

Delia volvió en sí y su voz histérica retumbó en toda la habitación. Se nos echó encima como loca y empezó a golpearnos con su bolso, a mí y al señor Aranda. Mientras tanto, mi esposo seguía de pie en el mismo lugar, con el semblante ensombrecido.

Yo creía que, al menos en ese momento, el
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  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 11

    Al verme con las piernas abiertas, apretadas alrededor del señor Aranda, Delia se quedó paralizada. Y yo, al ver a mi esposo de pie a su lado, me quedé petrificada, todavía más que ella.—¡¿Qué están haciendo?!Delia volvió en sí y su voz histérica retumbó en toda la habitación. Se nos echó encima como loca y empezó a golpearnos con su bolso, a mí y al señor Aranda. Mientras tanto, mi esposo seguía de pie en el mismo lugar, con el semblante ensombrecido.Yo creía que, al menos en ese momento, el señor Aranda me iba a proteger. Pero nunca me imaginé que, después de salirse de mí, en vez de ponerse delante para cubrirme, se tirara de rodillas frente a Delia.—Perdóname, mi amor, ¡todo es culpa de ella! ¡Ella me sedujo!Me quedé boquiabierta. Jamás se me ocurrió que él, el que varias veces me había arrastrado al pantano del deseo, fuera el primero en echarme toda la culpa en ese momento.—¡Desgraciada! ¡Puta!Estaba claro que, con lo que dijo, había logrado desviar la furia de Delia. En e

  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 10

    Le dije a mi esposo que, como llevaba tanto tiempo distante conmigo, cuando me daba placer me castigaba así el cuerpo, para compensar las ganas que me quedaban sin satisfacer.Tal vez se me notaba demasiado dolida, o tal vez mi mentira sonó demasiado convincente. Mi esposo todavía tenía sus dudas, pero se notaba que ya no estaba tan enojado como hacía un momento.—Perdón...Al ver que, mientras hablaba, hasta se me salían las lágrimas, mi esposo se ablandó y volvió a abrazarme.—Es mi culpa...Me abrazaba y me besaba las lágrimas, pero yo estaba llena de culpa hacia él. Ya de madrugada, mi esposo dormía profundamente, pero yo no dejaba de dar vueltas en la cama.Hasta que a la mañana siguiente, muy temprano, me decidí a cortar toda relación con el señor Aranda.Aunque él me daba placer, yo no quería perder todo lo que tenía. Sabía muy bien qué pasaría si alguien como mi esposo descubría que le era infiel.Le mandé un mensaje al señor Aranda para decirle que renunciaba. Lo que no espera

  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 9

    De camino a casa, llevaba en el bolsillo el dinero que el señor Aranda me había metido en la mano, pero iba con la cabeza en otra parte.Por un lado, soy esposa, y por otro soy madre, tengo mi familia. Pero hoy traicioné todo lo que tenía. Aunque disfruté mucho del placer de la carne con el señor Aranda, una traición es una traición...—¿Ya llegaste?Al llegar a casa, frente a mi esposo y a mi hijo, que estaba llorando de hambre, me volví muy dócil, como toda esposa que le ha puesto el cuerno a su marido.Tan dócil que mi esposo no notó nada raro.—Ya hay que darle pecho al bebé.Me lo recordó mi esposo. Pero yo ya había tomado la ropa limpia y estaba en la puerta del baño.—Estoy muy cansada. Primero me voy a bañar.Al verme tan cansada, mi esposo no dijo nada más, pero ya en el baño me derrumbé.No sabía cómo iba a enfrentar a mi esposo, a mí misma ni a mi hijo, y mucho menos si en los días siguientes debía seguir yendo a casa del señor Aranda como nodriza...Es cierto que el cuerpo

  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 8

    —¡No!Me resistí con todas mis fuerzas, pero la gruesa herramienta del señor Aranda me penetró. Aquella satisfacción que no sentía desde hacía tanto me hizo hundirme.Por un lado, ansiaba que la enorme herramienta del señor Aranda me satisficiera; por otro, no podía olvidarme de mi esposo y de mi familia. “No... no puedo...”. Me mordía los labios y soportaba a duras penas aquel placer tan intenso, sin querer emitir ningún sonido. Pero, para colmo, mi cuerpo se excitaba cada vez más con el placer...El señor Aranda me penetraba con movimientos brutales de cadera, y con la otra mano me apretaba la garganta con todas sus fuerzas.—¡Putita! ¿No que no querías? ¿Eh? ¿Y entonces por qué te salen cada vez más jugos?Ante lo brusco y autoritario que era, yo quería resistirme. Pero sentí la asfixia y el placer como una marea que me rodeaba por todas partes; sin poder controlarme, me hundí en el pantano del deseo, sin fuerzas siquiera para forcejear... Mi familia, mi esposo, mi hijo... No tenía

  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 7

    Apenas el señor Aranda dijo eso, me quedé con las manos quietas. Acababa de acostar al bebé e iba a acomodarme la ropa. Levanté la mirada hacia él. Me miraba con ojos encendidos, y me entró un poco de miedo.—No, no puede ser, señor Aranda... Yo solo estaba... solo estaba bromeando...Sonrojada, negué rápido y le dije que no. Pero al ver que yo no quería, el señor Aranda se puso muy serio.—No lo digo con otra intención. Si quiero tomármela es solo para... ¡para curarme, sí, para curarme! Tengo mal la garganta, y el doctor me dijo que tomar leche materna me ayudaría. Y claro, no te preocupes, no te la voy a tomar gratis. Te pagaré dos mil dólares cada vez. ¿Qué te parece?Primero, dar lástima; después, tentar con dinero. Aunque sabía muy bien qué se traía el señor Aranda, ante una oferta así dudé.—Bue... bueno. Usted... usted traiga un biberón y ahí me la voy a sacar.Lo dije sonrojada, pero él se negó rotundamente.—¿Cómo va a ser? ¡Con algo así, claro que lo mejor es tomarla fresque

  • Ordeñando a la Nodriza   Capítulo 6

    ¿Qué quiso decir el señor Aranda? ¿Sabía que lo estaba espiando y por eso lo dijo para que yo lo oyera?Su comportamiento, tan raro y repentino, me tomó por sorpresa. Aparté la mirada enseguida, sin atreverme a seguir mirando, y volví a sentarme junto a la cuna. El corazón me latía. Al recordar el paquete tan grueso del señor Aranda y aquella reacción tan repentina, me sentí como sobre brasas.Enseguida cargué al bebé, que ya se había despertado, me bajé la blusa y dejé que tomara el pezón y empezara a succionar.No pasa nada, no pasa nada. A lo mejor solo fue una coincidencia... No lo habrá dicho para que yo lo oyera, ¿verdad?Me lo repetía para convencerme y me obligaba a calmarme, pero al ver al bebé en mis brazos, que se parecía muchísimo a su papá, no pude evitar imaginarme al señor Aranda chupándome el pecho.Con lo chiquitas que tenía las chichis su esposa, Delia Cardona, seguro que él se moría de ganas de probar a una mujer así tan pechugona como yo.Con solo pensarlo, apreté t

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