Me encanta trazar en mi mente esos mapas antiguos y ver cómo los autores griegos y latinos ponían a los «troglodytae» en lugares muy concretos: sobre todo a lo largo de las costas del Mar Rojo y el Golfo de Adén. Heródoto y otros narradores clásicos ubican a gente llamada trogloditas en la franja africana que hoy correspondería al litoral oriental de Egipto, Sudán y Eritrea, extendiéndose hacia la península arábiga por el lado del Yemen.
También recuerdo que los textos romanos como la «Naturalis Historia» de Plinio y la «Geographica» de Estrabón mencionan una región llamada Troglodytica, que no era una sola ciudad sino un tramo costero con comunidades que vivían en o cerca de cuevas, en acantilados y en lugares rocosos. Con el paso del tiempo, el término se amplió para describir a otros grupos de cuevas en Libia o en zonas montañosas, pero en la Antigüedad clásica el núcleo geográfico está muy ligado al Mar Rojo y sus márgenes. Me parece fascinante cómo una etiqueta antigua puede contarnos tanto sobre la percepción del paisaje en aquel entonces.
Siempre me ha divertido imaginar a los trogloditas como habitantes que hicieron de la oscuridad su lenguaje y de la roca su hogar. En mi cabeza son corpulentos pero ágiles, con piel curtida por minerales y cicatrices que cuentan historias; no son monstruos planos, sino criaturas con costumbres y limitaciones propias. Los describiría con rasgos sensoriales marcados: pupilas dilatadas, oídos finos para capturar susurros entre túneles, y manos que parecen herramientas vivientes, con uñas ennegrecidas por siglos de excavar.
En escena prefiero mostrarlos más que explicarlos: un pasillo en penumbra donde la respiración resalta, el eco de pasos torpes que se mezclan con goteos, y un olor persistente a humedad y hierro que invade al narrador. Culturalmente los pienso con jerarquías basadas en fuerza y astucia, rituales nocturnos alrededor de brasas y una lengua de chasquidos y gruñidos que puede entenderse a través de gestos. Para hacerlos creíbles, alterno fragmentos íntimos —una troglodita arreglando sus vendas, un joven aprendiendo a leer la roca— con escenas de comunidad: mercados subterráneos, trampas ingeniosas y supersticiones antiguas. Así quedan humanos en su monstruosidad, y monstruosos en su humanidad, lo que me parece más interesante al escribir.
Me fijo mucho en las películas de terror y me fascina cómo los trogloditas se han convertido en una mezcla entre amenaza física y metáfora social en el cine moderno.
En películas como «The Descent» los trogloditas son presentados casi como una fuerza de la naturaleza: ciegos, rápidos, adaptados a la oscuridad y extremadamente violentos, lo que genera claustrofobia y terror puro. Ese enfoque apuesta por lo visceral y lo sensorial, haciendo que la audiencia sienta la fragilidad del cuerpo humano frente a lo primitivo.
Por otro lado, hay films que los humanizan o los usan como espejo: los cavernícolas o seres subterráneos a veces reflejan miedos contemporáneos (lo desconocido, el colapso social, la pérdida de control). En esos casos la criatura deja de ser solo monstruo y se convierte en crítica o en símbolo. Al final, me resulta interesante cómo una misma figura —el troglodita— puede servir para provocar gritos en una sala o para obligarnos a pensar sobre nosotros mismos.