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El nihilismo en la literatura española es un tema que me fascina, especialmente cuando se aborda desde la crudeza y la honestidad. Autores como Miguel de Unamuno en «Niebla» exploran la fragilidad del ser humano frente a un universo indiferente. Unamuno no llega al nihilismo puro, pero cuestiona todo con una angustia existencial que resuena. Más contemporáneo, Javier Marías en «Corazón tan blanco» juega con la moral y el sinsentido, aunque desde una elegancia casi cinematográfica. Son autores que no renuncian a la belleza, incluso cuando retratan el vacío.
Luego está Antonio Escohotado, cuyo «Caos y orden» discute el nihilismo desde la filosofía, pero con una prosa accesible. No es ficción, pero su influencia en escritores jóvenes es innegable. Curiosamente, muchos evitan el término «nihilismo», prefiriendo «desencanto» o «absurdo», como en la generación del 50. Es un nihilismo camuflado, menos alemán y más mediterráneo.
Pienso en la generación Beat española, esos poetas malditos de los 80 que bebían de Bukowski y escribían sobre el derrumbe. Carlos Oroza, por ejemplo, en sus versos cortantes como cuchillos, celebraba la nada con un humor negro. No eran filósofos, pero su poesía era un puñetazo en el estómago del sentido. Hoy, autores como Elvira Sastre flirt ean con el desengaño en «Días sin ti», aunque con un romanticismo que suaviza el golpe. El nihilismo español parece necesitar un contrapunto de belleza para no resultar demasiado frío.
Leí «La resistencia» de Ernesto Sabato hace años, y aunque es argentino, su influencia en España es enorme. Aquí, autores como Rafael Sánchez Ferlosio en «Industrias y andanzas de Alfanhuí» construyen mundos donde el sinsentido es una aventura. El protagonista, un niño, enfrenta lo absurdo con curiosidad, no con desesperación. Es un nihilismo luminoso, casi mágico. Enrique Vila-Matas, en «Bartleby y compañía», convierte la renuncia en arte. Sus personajes no se suicidan; dejan de escribir, que en el fondo es igual de radical. El nihilismo español tiene esa cualidad: no destruye, se abstiene.
Agustín Fernández Mallo en «Proyecto Nocilla» captura el nihilismo del siglo XXI: fragmentado, tecnológico y sin drama. Sus personajes no monologan sobre el vacío; lo viven mientras graban podcasts o buscan wifi. Es un enfoque nuevo, menos angustiado y más práctico. Otros, como Isaac Rosa en «La mano invisible», muestran el sinsentido laboral como forma de violencia cotidiana. No hablan de nihilismo, pero lo retratan mejor que muchos tratados. Quizá el verdadero nihilismo español esté en las novelas que ni siquiera usan la palabra.