El nihilismo en la literatura española es un tema que me fascina, especialmente cuando se aborda desde la crudeza y la honestidad. Autores como Miguel de Unamuno en «Niebla» exploran la fragilidad del
ser humano frente a un universo indiferente. Unamuno no llega al nihilismo puro, pero cuestiona todo con una angustia existencial que resuena. Más contemporáneo, Javier Marías en «Corazón tan blanco» juega con la moral y el sinsentido, aunque desde una elegancia casi cinematográfica. Son autores que no renuncian a la belleza, incluso cuando retratan el vacío.
Luego está Antonio Escohotado, cuyo «Caos y orden» discute el nihilismo desde la filosofía, pero con una prosa accesible. No es ficción, pero su influencia en escritores jóvenes es innegable. Curiosamente, muchos evitan el término «nihilismo», prefiriendo «
desencanto» o «absurdo», como en la generación del 50. Es un nihilismo camuflado, menos alemán y más mediterráneo.