Nunca dejo de maravillarme con el desenlace de «El conde de
montecristo», porque combina venganza, justicia y una lección moral que no suena a moraleja barata.
Empiezo por lo obvio: Edmond Dantès cumple su venganza contra quienes lo traicionaron cuando era joven. Tras escapar del Château d'If y descubrir el tesoro de la isla de Montecristo, se reinventa como un hombre inmensamente rico y enigmático. Con recursos y paciencia, infiltra su plan en la vida de cada culpable: expone la corrupción de Fernand (que había usurpado a su amada Mercédès y traicionado honorablemente a otros), arruina financieramente a Danglars, y desenmascara la hipocresía y los crímenes ocultos de Villefort. Caderousse, que siempre fue un tipo mezquino y envidioso, acaba pagando por su parte en la cadena de traiciones.
Pero lo que me atrapa de verdad no es sólo la caída de los villanos, sino la forma en que Dantès reacciona al resultado de su obra. Hay escenas duras: Fernand, público y moralmente derrotado, se suicida; Danglars queda arruinado y sin salida; Villefort se enfrenta al horror cuando salen a la luz los envenenamientos dentro de su propia casa y pierde la razón. Sin
embargo, cuando Dantès contempla todo el sufrimiento que ha provocado —aunque fuera inducido por los pecados de los otros—, comprende que la venganza no rellena el vacío de su vida. Aquí entra Haydée, la joven griega que ha sido su compañera leal y por la que desarrolla afecto verdadero, y aparece también la pareja joven —Maximilien y Valentine—, cuya felicidad decide proteger.
Al final, Dantès reparte parte de su fortuna para asegurar el bienestar de los inocentes, libera a Mercédès del peso de la culpa (mostrándole perdón), y se marcha del mundo social que dominó con su máscara. La última nota del libro es esperanzadora más que triunfal: deja a sus amigos con un mensaje de paciencia y fe —la famosa consigna «Attendre et espérer»— que en español se suele entender como «esperar y confiar». Yo me quedo con la sensación de que Dantès gana algo más que venganza: recupera la capacidad de elegir la esperanza en lugar del rencor.