Me gusta pensar en la identidad falsa como si fuera un personaje que respira: necesita heridas, hábitos y contradicciones para parecer real.
Primero, construyo el núcleo emocional: ¿qué impulso empuja a esta persona a mentir? Una identidad sin motivo suena hueca, así que le doy miedos, pérdidas y pequeños deseos —no grandes exposiciones— que expliquen por qué se inventó otra vida. Después trabajo el pasado concreto: lugares, trabajos, relaciones que encajen con esa motivación. Los detalles pequeños —una calle por donde siempre camina, el apodo de la abuela, una cicatriz de la infancia— son los que hacen creíble al
impostor. Me inspiro en novelas como «El gran Gatsby» o series como «Mr. Robot» para entender cómo una fachada mantiene tensiones internas.
La verosimilitud práctica importa: pienso en huellas digitales sociales, correos viejos, llamadas, amistades que avalen la identidad. No todo debe ser perfecto; de hecho, errores calculados y contradicciones mínimas la hacen humana. También decido cuánto sabe el narrador y cuándo el lector irá descubriendo grietas. Para la tensión, dejo que la impostura tenga un coste: el estrés de mantener historias, la paranoia, la posibilidad de ser desenmascarado. Así escribo escenas donde la identidad falsa actúa y cojea, y esas cojeadas la convierten en algo memorable y creíble para quien la lee.
Termino valorando la ética del engaño: prefiero que el lector sienta empatía por los motivos, aunque rechace los actos. Eso mantiene la lectura viva y el personaje trágicamente verosímil.