Recuerdo claramente la noche en que la vi encarnar a
úrsula en el escenario: su presencia llenaba el espacio sin necesidad de grandes gestos. Desde el primer momento construyó el personaje como un hilo que conecta generaciones, dando a la matriarca una mezcla de terquedad y ternura que se sentía auténtica. Su voz variaba con pequeñas inflexiones —grave cuando imponía ley, más cálida en los instantes de consuelo— y esos matices transformaban cada frase en una historia propia. La actriz no buscó el melodrama fácil; optó por silencios medidos y miradas que decían más que cualquier monólogo, y eso convirtió a Úrsula en alguien creíble y complejo.
En cuanto al movimiento, utilizó el espacio con economía: pasos firmes, manos que remendaban telas o acariciaban objetos viejos, gestos cotidianos que revelaban años de oficio y de lucha. El vestuario y la escenografía la ayudaron, sí, pero fue su coordinación entre palabra, pausa y acción la que hizo que la matriarca pareciera viva en distintos tiempos de su vida. Además, su relación con los demás personajes —especialmente los más jóvenes— estuvo tratada con una mezcla de autoridad y cariño cansado, lo que dio al público la sensación de estar viendo a alguien que carga con la historia entera sobre los hombros.
Al final del montaje, cuando la luz la dejó en sombra, tuve la impresión de haber asistido a la evolución de un personaje que no se rinde: una Úrsula humana, llena de contradicciones y, sobre todo, digna. Salí del teatro con ganas de volver a verla y de contarle a otros lo que sentí; pocas veces una interpretación me deja pensando tanto en la vida detrás del texto.