Me pierdo con gusto en los relatos sobre «
el empecinado» y su manera de luchar en la guerra de España; es uno de esos protagonistas que encarnan la mezcla entre rabia, ingenio y cariño por la tierra. Yo he pasado tardes enteras leyendo crónicas y textos populares sobre las partidas guerrilleras, y lo que más me llama la atención es cómo transformó la resistencia en algo táctico, casi científico dentro de su improvisación. No buscaba enfrentamientos abiertos con los cuerpos principales del ejército francés: prefería la rapidez, la sorpresa y el desgaste. Sus hombres atacaban convoyes, cortaban comunicaciones, asaltaban destacamentos aislados y desaparecían antes de que llegara la respuesta organizada.
Desde mi lado más observador, veo que «El Empecinado» supo capitalizar lo que cualquier jefe guerrillero necesita: conocimiento del terreno y apoyo local. Sus partidas eran ligeras, móviles y a menudo montadas; caballería ágil que aprovechaba caminos secundarios, veredas y la noche. Además, el componente psicológico era clave: sembrar inseguridad entre las tropas francesas, forzar el desvío de unidades para proteger líneas de abastecimiento y convertir cada pequeño asalto en una razón para que las guarniciones tuviesen que repartir fuerzas. Eso, a la larga, desgastó la capacidad operativa del invasor más que muchas escaramuzas aisladas.
También me interesa cómo articulaba la autoridad: reclutaba gente del campo, exsoldados y oficiales caídos en la reorganización, pero imponía disciplina férrea para que no se convirtieran en bandas saqueadoras sin causa. La legitimidad de su causa —la defensa de la patria frente al invasor— y su fama personal facilitaron el reclutamiento y la colaboración de civiles que pasaban información, escondían heridos o proporcionaban alimentos. En ocasiones coordinó acciones con tropas regulares y con la diplomacia del momento, aunque su independencia le dio la flexibilidad táctica que los ejércitos convencionales no tenían.
Al final, lo que más me conmueve es la mezcla de arrojo y paciencia: pequeñas victorias que, sumadas, produjeron un efecto estratégico mayor que la suma de sus partes. Ver a «El Empecinado» no solo como un forajido sino como un nodo de una red de resistencia cambia totalmente la mirada sobre aquella guerra, y me deja con la sensación de que la historia se escribe igual con mapas que con caras y nombres de pueblo.