Caminar por Portobello Road siempre me transporta a las escenas de «Notting Hill»; es una de esas películas que convirtió calles y fachadas en postales instantáneas. Gran parte del rodaje en Londres tuvo lugar en el propio barrio de Notting Hill, y todavía se reconocen muchos rincones: el bullicioso Portobello Road Market aparece en varias secuencias clave, y la librería donde trabaja William (la famosa «Travel Bookshop») tiene su fachada en Portobello Road. Esa calle es prácticamente el corazón visual de la película, con puestos, colores y gente que ayudan a construir ese ambiente tan encantador.
Además, la casa con la icónica puerta
azul —la que vemos como el hogar de William Thacker— está en Westbourne Park Road; es una de las imágenes que más recuerdos provoca en los fans y muchos la buscan cuando pasean por la zona. Otras calles cercanas, como Westbourne Grove y algunas de las pequeñas mews y crescent alrededor (esas calles empedradas y un poco escondidas), también sirvieron de escenario para tomas exteriores y paseos de los personajes. En contraste, los interiores de la librería no se rodaron en el lugar: la mayor parte de las escenas interiores se recrearon en estudios fuera del barrio, lo cual era habitual para controlar iluminación y sonido.
Me gusta cómo la película mezcla tomas en exteriores, profundamente reconocibles, con sets interiores: da esa sensación de
autenticidad urbana pero con la pulcritud técnica del cine. Hay detalles divertidos, como cómo el mercado de Portobello se transforma según el ángulo de cámara o cómo ciertos bares y tiendas de Westbourne Grove aparecen casi de refilón. Con el paso de los años algunos locales han cambiado, claro, pero si uno pasea por Notting Hill con ojo de
cinéfilo todavía identifica la librería, la puerta azul y el ritmo del mercado que alimentó muchas escenas de «Notting Hill».
Al final me quedo con la sensación de que la elección de estas localizaciones hizo que la película respirara auténtico Londres: no son escenarios genéricos, sino sitios con vida, ruido y carácter propio. Caminar por ahí y reconocer un rincón del filme siempre me arranca una sonrisa tranquila, como si la peli siguiera viva entre los puestos y las fachadas del barrio.