5 Respostas2026-04-20 17:26:29
Me cuesta separar lo frío del análisis teórico de la sangre y los cuerpos reales que veo en las noticias.
He leído a Mbembe y, desde mi experiencia de varias décadas siguiendo movimientos sociales, creo que la necropolítica se ve clarísima en cómo España externaliza el control de sus fronteras: acuerdos con Marruecos, devoluciones en caliente y barreras físicas en Ceuta y Melilla que no solo impiden el paso, sino que exponen a la gente a morir en el mar o a sufrir violencia. Mbembe habla de la soberanía que decide quién puede vivir y quién debe morir; aquí esa soberanía opera en políticas que toleran —y muchas veces fomentan— la letalidad en las rutas migratorias.
Además, hay un componente racial y colonial que no se puede obviar: la indiferencia ante cuerpos racializados que son sometidos a detenciones, centros de internamiento y condiciones precarias de vida. Verlo así me enfurece y me obliga a apoyar redes de rescate y solidaridad, porque la necropolítica no es solo teoría: es carne, olvido y responsabilidad política que debe revertirse antes de que cuente más muertes.
5 Respostas2026-04-20 09:20:39
Siempre me ha fascinado cómo un concepto puede volverse tanto una lente reveladora como un blanco de críticas afiladas.
Yo veo que una de las objeciones más repetidas a la propuesta de Mbembe en «Necropolítica» es su amplitud terminológica: muchos creen que engloba demasiados fenómenos distintos bajo la etiqueta de necropolítica, lo que la vuelve difícil de operacionalizar para estudios empíricos. Es decir, sirve excelente para análisis culturales y filosóficos, pero se le critica por falta de herramientas claras para medir o contrastar casos concretos.
También me molesta, y a la vez me parece comprensible, que varios críticos señalen un riesgo de determinismo o de pesimismo político: si todo se interpreta como lógica de muerte, ¿dónde quedan las prácticas cotidianas de resistencia y revalorización de la vida? Personalmente creo que esa crítica empuja a complementar a Mbembe con marcos más orientados a la agencia y a lo concreto, sin desechar la potencia diagnóstica de su noción.
4 Respostas2026-04-20 07:33:45
Recuerdo quedarme pensando mucho tiempo después de leer a Mbembe cómo transforma la idea de poder: para él, la política no se reduce solo a regular la vida, sino también a administrar la muerte. En su ensayo, la necropolítica es la capacidad de decidir quién debe vivir y quién debe morir, o quién queda expuesto a condiciones que equivalen a una muerte social o física. Mbembe toma la noción foucaultiana de biopolítica y la invierte: mientras la biopolítica organiza la vida, la necropolítica organiza la muerte y produce «mundos de la muerte» donde determinadas poblaciones son sistemáticamente descartadas.
Lo que más me impacta es que no habla solo de ejecuciones formales, sino de prácticas cotidianas: colonización, esclavitud, apartheid, ocupaciones militares, campos de refugiados, violencia policial y guerras tecnológicas como los drones, todo forma parte de esa maquinaria. Es una forma de poder que se ejerce mediante la exposición a la muerte, la producción de condiciones letales y la normalización de esa violencia. Al final me quedó la sensación incómoda de que muchas políticas públicas y dinámicas económicas modernas contienen elementos necropolíticos; es una invitación a mirar con más atención quiénes quedan fuera del cuidado y por qué.
4 Respostas2026-04-20 02:17:46
Me llama mucho la atención cómo la idea de necropolítica de Mbembe aparece escondida en planos que al principio parecen sólo atmosféricos. En películas como «La isla mínima» o incluso en la grotesca alegoría de «El hoyo», veo una forma de representar quién merece vivir y quién queda fuera del tablero: márgenes rurales abandonados, plantas superiores sin comida, cuerpos que desaparecen en los márgenes de la sociedad.
Pienso en la herencia del franquismo y en la manera en que algunas películas revisitan fosas, silencios y desapariciones; ahí la necropolítica se convierte en archivo audiovisual: la pantalla no sólo narra, sino que también registra la política de la muerte y el olvido. Los cineastas españoles mezclan ficción y documental para mostrar fronteras, muertes en la migración o el abandono de barrios. Eso genera imágenes incómodas que interpelan al espectador y lo sitúan frente a una responsabilidad ética.
Al final me quedo con la sensación de que el cine español usa recursos estéticos —planos largos, encuadres cerrados, silencios— para exponer cómo el Estado, la economía y la cultura deciden sobre la vida y la muerte. No siempre lo hace de forma explícita, pero el pulso necropolítico está ahí, y para mí eso convierte a muchas películas en micropolíticas de resistencia y memoria.
4 Respostas2026-04-20 15:58:04
Me cuesta olvidar la claridad con la que Mbembe dibuja el mapa del poder que decide quién puede vivir y quién debe morir: en «Necropolitics» propone ejemplos históricos y contemporáneos que funcionan como modelos. Para empezar sitúa a la esclavitud y a las plantaciones coloniales como arquetipos, espacios donde la desnudez de la vida humana se convierte en mano de obra desechable; ahí la muerte estaba integrada al régimen productivo. También remite a los campos de concentración y a los regímenes del apartheid como formas extremas donde el Estado organiza la exposición a la muerte.
En clave más actual, Mbembe señala territorios como la ocupación y el bloqueo en Palestina —Gaza en particular—, los campos de refugiados, y las zonas fronterizas donde la política migratoria produce muertes prevenibles. Asimismo interpreta la violencia policial, las prisiones masivas y la guerra tecnológica (bombardeos selectivos, drones) como manifestaciones modernas de necropolítica. Todo eso me deja pensando en cómo la geografía, la economía y la seguridad se combinan para fabricar “mundos de la muerte”; es una lectura que me sigue inquietando y que cambia la forma en que veo noticias y mapas.