Me sorprendió cuánto cambió mi sueño durante la
adolescencia y todavía recuerdo ese ritmo raro de dormir tarde y estar hecho polvo por las mañanas.
En la adolescencia el cuerpo pasa por una revolución hormonal que mueve el reloj interno hacia horas más tardías: la melatonina, la hormona que nos ayuda a dormir, suele liberarse más tarde que en la infancia, así que los adolescentes se sienten somnolientos más tarde en la noche. Al mismo tiempo, su necesidad de sueño sigue siendo alta —muchos necesitan entre ocho y diez horas—, lo que choca con el horario escolar y las obligaciones sociales. Eso explica por qué tanta gente joven anda con sueño crónico.
Además de la biología, están los hábitos: tareas, pantallas, redes sociales y actividades extraescolares empujan la hora de acostarse todavía más. La falta de luz natural por la mañana, combinada con luz artificial intensa por la noche, refuerza ese desfase circadiano. Las consecuencias no son solo bostezos: memoria, ánimo, control emocional y rendimiento académico sufren.
He visto que pequeñas estrategias ayudan: exposición a luz natural al despertar, reducir la pantalla antes de dormir, horarios consistentes incluso fines de semana y siestas cortas y planificadas. También me parece importante que escuelas y familias reconozcan este patrón en lugar de culpar exclusivamente a la pereza; cuando se ajustan expectativas y rutinas, los chicos suelen mejorar bastante. Personalmente, me quedo con la sensación de que entender la biología detrás del sueño cambia mucho la paciencia y las soluciones que proponemos.