3 Réponses2026-03-17 08:47:19
Me topo con esta cuestión desde el costado más histórico y académico: muchos de mis colegas sostienen que la idea de la «utilidad de lo inútil» es más un gesto moral o estético que una tesis practicable. Critican que el término "inútil" se define de manera vaga y romántica; así, cualquier actividad cultural o contemplativa puede ser revestida de aura valiosa si se la rescata con anécdotas ejemplares. Esa crítica apunta al problema de la evidencia: ¿qué datos demuestran que la música antigua, la filosofía pura o la poesía sin público generan beneficios medibles para la sociedad?
Además, suele mencionarse el coste de oportunidad: financiar lo llamado "inútil" tiene implicaciones presupuestarias. Desde esa óptica, defender lo inútil sin precisar criterios para su apoyo equivale a una posición elitista que puede desviar recursos de necesidades urgentes como salud, educación básica o investigación aplicada que salva vidas. No es que los críticos nieguen el valor intrínseco del arte, sino que piden un debate honesto sobre prioridades y rendición de cuentas.
Finalmente, también hay objeciones epistemológicas: algunos académicos sostienen que la retórica de la inutilidad romantiza la creatividad y así evita preguntarse cómo ocurren las transferencias reales entre saberes «inútiles» y aportes prácticos. En mi experiencia, prefiero pensar que la defensa del ocio creativo debe ir acompañada de argumentos empíricos y políticas claras, no solo de elegías sobre lo sublime; es decir, admiro la defensa de lo inútil pero quiero verla bien fundada y accesible para todos.
3 Réponses2026-03-17 03:42:28
Me flipa cuando un tema aparentemente 'inútil' en la escuela logra abrir la cabeza de un alumno.
He visto cómo actividades que no buscan una 'aplicación práctica' inmediata —como escribir poemas sin calificación, experimentar con música electrónica por simple curiosidad o dibujar sin objetivo técnico— activan la creatividad y el pensamiento lateral. En secundaria, donde todo parece medido por exámenes y competencias, esos espacios libres funcionan como un respiradero: permiten que los chicos prueben ideas sin miedo al fracaso y desarrollen tolerancia a la ambigüedad, algo que raramente se evalúa pero que resulta esencial para resolver problemas complejos más adelante.
Además, lo 'inútil' suele unir saberes. Un juego de rol improvisado puede enseñar narrativa, ética y matemáticas básicas; una tarde de microrrelatos fortalece la empatía y la economía del lenguaje. No digo que todo deba sustituir las materias tradicionales, pero integrar pequeñas dosis de actividades aparentemente superfluas aumenta la motivación, mejora la convivencia en el aula y favorece el pensamiento crítico. Personalmente me encanta observar cuando un alumno descubre una pasión en algo que, en el horario oficial, no tenía lugar: me recuerda que la educación debería cultivar ganas de aprender, no solo competencias medibles. Esa impresión me queda como una inyección de optimismo sobre lo que realmente importa en la enseñanza secundaria.
3 Réponses2026-03-17 03:09:41
Me seduce la idea de usar lo inútil como una forma de entrenamiento mental y emocional.
Tras leer partes de «La utilidad de lo inútil», acabé transformando pequeños hábitos: le dejo a la curiosidad el control de varias horas a la semana. No se trata de abandonar responsabilidades, sino de reservar tiempo sin objetivos productivos claros —leer poesía sin tomar notas, perderme en una exposición sin buscar inspiración inmediata, aprender una palabra al azar en otro idioma—. Esos microespacios alimentan la imaginación y, sorprendentemente, mejoran mi capacidad para resolver problemas prácticos porque me permiten combinar ideas que normalmente no conectarían.
En la práctica reparto esos momentos en la mañana y en la noche: una hora de lectura sin expectativa y una caminata sin auriculares. También me obligo a escuchar relatos que no aportan “valor” tangible pero sí empatía y contextos distintos. En el trabajo termino siendo más creativo y menos reactivo. Al final, lo inútil actúa como un lubricante: hace que las ideas fluyan y que la vida no sea solo una lista de tareas cumplidas. Me quedo con la sensación de que regalarme eso no es desperdicio, sino una inversión en mi curiosidad y mi calma.
2 Réponses2026-03-17 22:01:49
Abrí «La utilidad de lo inútil» con esa mezcla de curiosidad y recelo que me provoca cualquier libro que promete poner patas arriba ideas muy asentadas sobre trabajo y provecho.
Ordine plantea, desde el inicio, una defensa apasionada de lo que la sociedad moderna suele desechar: saberes y actividades que no rinden cuentas ante la balanza del beneficio económico inmediato. Para él, lo inútil —la poesía, la filosofía, la contemplación, el mero deleite estético— no es un lujo prescindible sino una reserva vital para la libertad intelectual y moral. Usa ejemplos históricos y literarios —pasajes sobre Montaigne, Shakespeare, los humanistas del Renacimiento— para mostrar cómo esos «usos inútiles» alimentan la imaginación, afinan el juicio y sostienen la capacidad de cuestionar el poder y el mercado. No se limita a una defensa abstracta: muestra cómo las actividades consideradas superfluas permiten el desarrollo de empatía, creatividad y pensamiento crítico, cualidades que no tienen precio pero que sostienen sociedades humanas y reflexivas.
También me gusta la manera en que Ordine rebatea el argumento utilitarista con anécdotas que parecen pequeñas provocaciones: detrás de muchos avances prácticos hubo curiosidades sin propósito inmediato, investigaciones realizadas por amor al saber y no por cálculo de rendimiento. Defiende la universidad como un refugio donde cultivar lo inútil frente a la lógica productiva que todo lo instrumentaliza. Además, resalta la dimensión ética: dedicar tiempo a lo que no nos «sirve» enseña a valorar el otro y a vivir con sentido, más allá del provecho.
El tono del libro, mezcla de erudición y ternura, me convenció: Ordine no es solo un polemista contra la mercantilización de la cultura, sino un amante de la belleza que recuerda que el goce intelectual y la gratuidad son fuerzas transformadoras. Tras leerlo, me quedé con la certeza de que proteger lo inútil es, en realidad, cuidar lo que nos hace verdaderamente humanos y libres, una idea que comparto y que me apetece defender en conversaciones cotidianas.
3 Réponses2026-03-17 13:51:12
Me flipa ver cómo lo que parece inútil termina moviendo el mundo; por eso siempre apunto ejemplos concretos que desmontan la idea de lo superfluo. Durante años seguí historias de investigación básica que nadie pretendía comercializar y luego explotaron en tecnología cotidiana: la teoría de números, que muchos consideraban un juguete intelectual, fue clave para la criptografía moderna y sistemas como RSA y la criptografía de curva elíptica; sin esa “utilidad inútil” hoy no podríamos comprar online con tanta seguridad. Otro caso que me encanta citar es la física teórica: la relatividad, tan abstracta en su momento, es imprescindible para que el GPS funcione con precisión.
También me atraen los ejemplos en cultura y ocio. Juegos y pasatiempos aparentemente frívolos generan habilidades reales y comunidades: «Minecraft» se usa en aulas para enseñar urbanismo y lógica, «Pokémon GO» demostró que un juego puede aumentar la actividad física y conectar barrios; y la escena del software libre, impulsada por programadores que empezaron por puro hobby, dio proyectos como «Linux» y contribuciones que sostienen infraestructura crítica.
Al final, lo que llaman inútil a menudo es incubadora: tiempo libre, experimentos sin agenda, arte decorativo o chistes virales crean capital social, innovación y bienestar. Me deja la sensación de que cuidar ese espacio de “lo inútil” es apostar por creatividad y por soluciones que todavía no sabemos que necesitamos.
5 Réponses2026-04-11 06:58:05
Llevo años encontrando en los pasillos de la universidad debates que se sienten igual de vivos que en los foros públicos, y es ahí donde veo cómo se critica a los llamados 'recursos inhumanos'. Para empezar, yo suelo dividir las críticas en dos grandes líneas: la teórica y la empírica. Desde la teórica, autores y autoras recurren a la crítica filosófica y sociológica —pienso en lecturas que dialogan con «Vigilar y castigar» o con debates sobre biopolítica— para señalar cómo ciertas prácticas tratan a las personas como meros instrumentos o cifras.
En la práctica, lo que más me llama la atención son los estudios de caso: investigaciones cuantitativas que muestran tasas de rotación, encuestas de salud mental y etnografías laborales que revelan condiciones degradantes. Yo veo que los académicos mezclan métodos; no basta con hablar de principios, hay que mostrar evidencia dura. Además, se usan marcos éticos contemporáneos —derechos humanos, justicia distributiva— para construir argumentos normativos.
Finalmente, cuando leo esas críticas me interesa su propuesta: muchas no se quedan en señalar el problema, sino que proponen marcos regulatorios, auditorías independientes y diseños centrados en las personas. Eso me deja una impresión optimista: la academia no solo denuncia, intenta transformar, aunque el camino sea largo.
5 Réponses2026-05-09 06:30:40
Me gusta cuando un profesor sugiere una obra porque eso abre puertas que ni siquiera sabía que existían en la biblioteca de la vida.
Suelen recomendar tipos de texto literario para que podamos explorar diferentes formas de sentir y pensar: la poesía para afinar el oído emocional, la novela para habitar vidas ajenas, el cuento para aprender economía de lenguaje, y el teatro para entender el diálogo y la acción. En mi caso, leer «El Principito» después de que me lo sugirieran cambió la manera en que veo las pequeñas cosas; la recomendación me sirvió como puente entre la curiosidad y el hábito.
Además, esos consejos responden a metas concretas: desarrollar vocabulario, practicar análisis, fomentar la imaginación y preparar para exámenes o proyectos. Cuando un docente ajusta la recomendación al grupo, muchas veces está pensando en equilibrio —entre desafío y accesibilidad— para que el aprendizaje sea gozoso, no una tarea pesada. Al final, agradezco esas pautas porque me empujan a probar géneros que quizá nunca habría elegido por mi cuenta, y siempre regreso con nuevas ideas y sensaciones.
3 Réponses2026-03-16 22:03:22
Recuerdo la sensación de abrir «Cien años de soledad» y descubrir una cafetería entera de temas que se vuelven conversación en el aula. Para los profesores, ese libro suele ser una cita obligada porque enseña cómo se construyen mundos narrativos, cómo se enlazan generaciones y cómo el lenguaje puede jugar con la memoria colectiva. También recomiendo «Don Quijote» por su riqueza en ironía y debate sobre realidad y ficción; es uno de esos textos que permite clases vibrantes y preguntas que no caducan.
Más allá de los clásicos, en los programas se suelen incluir lecturas que ejercitan el pensamiento crítico: «1984» para debatir vigilancia y poder, y «Ficciones» para explorar estructuras narrativas y metaficción. A nivel práctico, los docentes suelen sugerir trabajar con anotaciones, mapas de personajes y sesiones de discusión en grupo, porque esa lectura activa transforma la experiencia.
Si buscas empezar con uno, te diría que elijas según lo que quieras ejercitar: imaginación histórica, crítica social o técnicas narrativas. Al final, lo que más me encanta es ver cómo un buen libro provoca conversaciones largas y curiosas; esas son las lecturas que realmente recomiendan seguir explorando.