Me fascina rastrear cómo la muerte se cuela en la literatura española y cómo, a veces, adopta la forma de
necromancia o de contacto con los muertos. Si voy a los clásicos románticos, no puedo dejar de nombrar a Gustavo Adolfo Bécquer y su colección de «Leyendas»: en relatos como «El monte de las ánimas» aparecen muertos que vuelven a rondar el mundo de los vivos y ritos que rozan lo necromántico. De la misma época,
josé zorrilla maneja lo sobrenatural en «Don Juan Tenorio», donde el encuentro con los muertos y la intervención de lo ultraterrenal son decisivos para la trama.
En tiempos más recientes la necromancia aparece menos como rito formal y más como atmósfera o motor
narrativo: Javier Sierra trabaja mucho lo esotérico y los rituales olvidados en sus novelas de divulgación novelada, y Carlos Ruiz Zafón tiñe su Barcelona oscura con pactos, resurrecciones simbólicas y obsesiones con la memoria de los muertos en obras como «El juego del ángel». Además, los antólogos y cuentistas
de terror españoles —por ejemplo, Juan José Plans en su labor de recopilación— han mantenido viva la tradición de relatos de contacto con los difuntos.
En definitiva, la necromancia en la literatura española suele aparecer más como motivo gótico o esotérico que como escuela de magos necromantes al estilo de la fantasía anglosajona, pero está ahí en leyendas, teatro romántico y en la ficción contemporánea que juega con lo
oculto. Personalmente me encanta ese juego entre lo reverente y lo macabro: le da mucha textura a una lectura nocturna.