Me encanta bucear en las tramas militares del siglo XVI y el reinado de Felipe II está lleno de episodios donde la gloria y el desastre se mezclan. Durante sus cuarenta y dos años de gobierno (1556-1598) España participó en conflictos por Europa, el Mediterráneo y el Atlántico; muchas victorias se anotaron a favor de la Corona, aunque casi siempre detrás hubo generales, flotas y campañas que él impulsó desde la corte.
Entre las victorias más notables bajo su reinado destacan la Batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557), un triunfo terrestre contra Francia donde las fuerzas de la Monarquía Hispánica, dirigidas por el duque de Saboya Emmanuel Philibert y subordinadas a la política de Felipe, derrotaron al ejército francés; esa victoria consolidó momentáneamente la posición hispana en el norte de Italia y en la frontera con Francia. En el plano naval y geopolítico, la victoria del conjunto de la Cristiandad en la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) fue capital: la flota de la Liga Santa, liderada por Don
juan de austria, venció a la escuadra otomana y frenó la expansión turca en el Mediterráneo, algo que Felipe promovió y financió. En los Países Bajos hubo triunfos puntuales: la batalla de Gembloux (31 de enero de 1578) fue otra victoria española, dirigida por Don Juan de Austria contra las tropas rebeldes; más adelante, los tercios y los generales de Felipe obtuvieron éxitos decisivos como la captura de Haarlem (1573, tras un largo asedio) y la toma de Maastricht en 1579 por las tropas del duque de Parma, Alejandro Farnesio, que además logró la crucial reconquista y el asedio victorioso de Amberes (1584–1585), recuperando una plaza económica y estratégica.
La sucesión portuguesa es otro capítulo donde Felipe sale victorioso: la campaña de 1580 culminó en la Batalla de Alcântara (25 de agosto de 1580), en la que las fuerzas españolas, bajo el mando del duque de Alba, derrotaron a las tropas de António, Prior de Crato, permitiendo a Felipe II consolidar su reclamación al trono portugués y formar la Unión Ibérica. En el mar, la acción de Álvaro de Bazán fue clave: en la batalla conocida como la de Ponta Delgada o batalla de Terceira (26 de julio de 1582) la flota hispana derrotó a una escuadra franco-portuguesa que apoyaba al pretendiente António, asegurando el control hispano sobre las Azores y cerrando la resistencia portuguesa. Esas victorias le permitieron a Felipe controlar territorios y rutas comerciales, aunque mantenerlos planteó enormes costes.
No todo fue triunfo definitivo: la rebelión neerlandesa no se extinguió a pesar de las victorias tácticas y la Armada Invencible sufrió la derrota decisiva en 1588, un golpe estratégico que matizó la imagen de invencibilidad. Aun así, cuando repaso esas campañas me fascina comprobar cómo Felipe II combinó diplomacia, redes de poder y el músculo militar de la Monarquía Hispánica para sumar victorias clave en Europa y el Atlántico. Es un reinado que mezcla esplendor y contradicciones, y por eso sigue siendo tan atractivo para quienes amamos la historia bélica y política del siglo XVI.