Siempre me ha parecido
fascinante cómo un personaje puede cambiar la dinámica de toda una serie, y eso es justo lo que hizo Jessica Paré en «Mad Men». Ella interpreta a «Megan Calvet», quien más adelante pasa a ser conocida como «Megan Draper» tras casarse con Don. Megan llega a la historia como una chica canadiense con sueños de actriz, fresca y moderna frente a la melancolía y el
cinismo que rodean a Don. Su presencia inyecta juventud y una libertad que provoca movimientos emocionales importantes en la trama: es divertida, atrevida y a la vez capaz de incomodar a los personajes más establecidos.
Recuerdo claramente cómo su papel
evoluciona: no es solo
la esposa atractiva del protagonista, sino alguien con aspiraciones propias y decisiones que marcan el ritmo de varias temporadas. Uno de los momentos más recordados es cuando canta «Zou Bisou Bisou» en
la fiesta de
cumpleaños de Don; esa escena mostró su personalidad juguetona y cómo su espontaneidad encendió tanto susceptibilidades como ternura en el público. Megan pasa por etapas de dependencia y autonomía, prueba suerte en la actuación, y también tiene incursiones en el mundo de la publicidad; su relación con Don es compleja, con altibajos que terminan reflejando cambios personales en ambos.
Como fan que ha visto muchas series, creo que Jessica Paré le dio a Megan una mezcla equilibrada de vulnerabilidad y determinación que la hizo real. No es un personaje unidimensional: sus decisiones —algunas impulsivas, otras muy meditadas— muestran cómo alguien joven trata de forjarse fuera de la sombra de un cónyuge famoso. Su arco sirve para explorar temas de identidad, poder y ambición en la América de los 60s, y eso la convierte en un aporte clave a «Mad Men». En lo personal, me quedo con la sensación de que Megan representa la posibilidad de cambio, y que Paré supo darle ese brillo inestable que engancha.