Luis Díaz
Durante una misión de exterminio de zombis, termino infectado con el virus por proteger a mi escuadrón.
Pero Emilia Campbell, la capitana del equipo y también mi novia, decide darle el único antídoto a otro miembro que había escapado en secreto y terminó infectándose. Su excusa es que no puede mostrar favoritismos.
Con los ojos enrojecidos, me promete:
—Confía en mí, Zack. Te juro que encontraré otro antídoto antes de que se cumplan los tres días de incubación del virus.
Yo solo puedo asentir mientras soporto el dolor abrasador que se extiende por todo mi cuerpo.
Al segundo día, Emilia regresa con un antídoto.
Pero justo cuando está a punto de inyectármelo, Dustin Nott, un miembro que jamás había abandonado el campamento, frunce el ceño de repente.
—Me duele muchísimo la cabeza, Emi… ¿Y si ya estoy infectado?
Sin dudarlo, Emilia le entrega el antídoto a Dustin delante de todos.
—Dustin también forma parte del equipo. Si le pasa algo, la responsabilidad será mía por no haber cuidado bien de mi gente.
Luego me mira.
—Zack, tú eres el vicecapitán y también mi novio. Tengo que ser imparcial.
Es entonces cuando veo el destello de satisfacción en los ojos de Dustin, y aquella expresión de Emilia, como si estuviera convencida de haber hecho lo correcto. Siento que la rabia me quema por dentro.
¿Tiene que ser imparcial, eh?
Bien.
Emilia pronto entenderá que, sin mí, el escuadrón jamás habría llegado con vida hasta este punto.
Después de todo, soy un espécimen perfectamente evolucionado: uno de esos raros seres humanos —apenas el 0.1%— capaces de sobrevivir al virus, evolucionar y convertirse en una fuerza imparable dentro de este apocalipsis.