Bernaldma Marín
Durante una reunión, Estrella Sánchez, mi novia, perdió una ronda de verdad o reto. Le empezaron a dar cuerda para que dijera diez cosas buenas de Sebastián Hernández, mi mejor amigo de la infancia.
Ella respondió casi sin pensarlo:
—Es extrovertido, guapo, está en forma, es atento y sabe consolar a los demás. Siempre está sonriendo, sabe tratar a la gente, es capaz y tiene buen gusto. Además, sabe cómo hacer feliz a los demás.
En la siguiente ronda, Sebastián sonrió y le devolvió la pregunta:
—Entonces dinos, ¿qué le ves de bueno a Daniel?
Estrella me miró y se quedó paralizada unos segundos. Al final, solo dijo:
—Es comprensivo.
Alguien intentó aliviar la tensión con una sonrisa.
—¿Y qué más?
Estrella frunció el ceño y pareció pensarlo durante mucho rato, pero no logró mencionar una segunda cosa buena.
En medio de aquel silencio incómodo, de pronto me sentí agotado. Ella y yo llevábamos siete años juntos y nuestra boda sería la semana siguiente. Sin embargo, después de pensarlo tanto, lo único bueno que había podido decir de mí era que era comprensivo.
Esta vez, ya no quería seguir siendo el comprensivo de siempre.