Bite Man
Para evitarme el dolor de su traición, mi compañero Alfa, Kyle, me hizo dormir, tras lo cual se marchó a marcar a la Omega que una vez le había salvado la vida, para cumplir con su último deseo antes de morir.
Mientras yo dormía durante un año, él celebró una ceremonia de apareamiento con ella, dejó una marca temporal en la curva de su cuello y la convirtió en la loba más envidiada de toda la Manada Silvermoon.
Un año después, Kyle le ordenó a la bruja que me despertara. Y así, como si nada hubiera pasado, volvió a ser ese compañero tierno y devoto que siempre estaba pendiente de mí.
Pero esta vez no le pregunté hasta dónde había cruzado la línea con Freya. Ni siquiera le pregunté cuando habían empezado a compartir la misma habitación. Ni mucho menos cuando el vientre de ella había empezado a crecer.
Incluso me mudé por mi cuenta de la habitación principal y se la cedí a ella para que tuviera un lugar cómodo donde descansar.
Kyle me tomó de la mano. Entreabrió los labios, como si quisiera decir algo, pero yo me adelanté con una sonrisa.
—Lo entiendo. Freya te salvó la vida. Solo le estás devolviéndole el favor. No es como si de verdad la amaras.
—Sylvie... Sabía que lo entenderías —repuso con los ojos enrojecidos—. Cuando todo esto termine, pasaré el resto de mi vida compensándote.
Lo que Kyle no sabía era que: durante aquel año en el que no había podido abrir los ojos, mi mente nunca se había apagado y había sido capaz de sentir cada instante de su traición.
Había sido capaz de percibir cada vez que la consolaba, cada cosa que le susurraba al oído.
Así es, lo había escuchado todo.
Por eso, en cuanto desperté, me había puesto en contacto con mi hermano.
En días, desaparecería de su vida para siempre.