MinaLI
Tenía siete años la primera vez que apreté un gatillo. Desde una distancia de quinientos dos metros de distancia, abatí a un pirata que intentaba apoderarse de un cargamento.
Crecí junto al mar, pero hubo dos familias que aseguraron que yo era su hija.
La primera fue la familia Salvatore. Su falsa heredera pretendía utilizarme como chivo expiatorio y hacer que cargara en su lugar con una acusación de tráfico.
Pero fui yo quien la mandó a una prisión federal. La condenaron a cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional.
La segunda fue la familia Vasiliev. Su falsa heredera se arrodilló y juró que no competiría conmigo. Aun así, poco después contrató a alguien para que acabara con mi vida.
La mandé al fondo del puerto junto con el dinero.
Solo después de una tercera prueba de ADN descubrieron que yo era la hija biológica de la familia Macchetti.
Una antigua familia mafiosa que controlaba una sexta parte de la costa este.
El mismo día en que regresé a la mansión, Chiara se arrodilló frente a mí y se presionó una pistola contra la sien.
—Lo siento. He pasado todos estos años ocupando tu lugar. Si te estorbo, puedo morir ahora mismo.
A mi madre le flaquearon las piernas. Corrió hacia Chiara y la abrazó con vuerza, estrechándola entre sus brazos.
Mi hermano me señaló con el rostro desencajado por la indignación.
—Chiara tiene una enfermedad cardíaca grave. Apenas llevas un día de vuelta, ¿y ya quieres verla muerta?
Hasta Lorenzo Falcone, mi prometido, a quien apenas acababa de conocer, intervino.
—Si le tocan un solo pelo, mañana mismo rompo el compromiso.
No dije nada, sino que me limité a acercarme, le quité la pistola de la mano, retiré el cargador y revisé la recámara.
Estaba vacía.
Tras esto, me agaché y se la devolví, colocándosela de nuevo en la mano.
—La próxima vez que finjas un intento de suicidio, no te olvides de cargarla. —Hice una breve pausa antes de añadir—: Después de todo… un arma descargada es un juguete.