Un acuerdo con el destino
Marco apila billetes con manos temblorosas, pero la maldita suma no es lo peor: la sensación de no saber, de imaginar las peores escenas, le clava más puñales que cualquier golpe físico.
En la cabaña, la madre se remueve en su silla, satisfecha por la aparente victoria. Lo único que no sabe es cuánto está mollendo la determinación de su hija. Lo que ella concibe como una rendición puede convertirse en la chispa que detone su caída. Nara no puede ver el futuro, pero sí siente una cosa con absoluta claridad: no permitirá perder a sus hijos sin pelear.