Abandonada, porque la mujer que amaba ha regresado.
Tres años de matrimonio, y todo termina con dos palabras. Fírmalo.
Ni siquiera levantó la mirada cuando lo dijo. Simplemente deslizó los papeles sobre la mesa, como si yo fuera otro trato empresarial por cerrar. No se suponía que nos enamoráramos; empezó como un contrato, algo práctico, algo seguro. Pero los sentimientos tienen la costumbre de crecer donde no deberían.
Por un tiempo, pensé que le importaba. Los momentos en silencio, los pequeños detalles: recordaba mi canción favorita, cómo tomo el té, lo mucho que odio la lluvia. Creí que significaban algo. Resulta que sí lo hacían… solo que no para mí.
Cada gesto, cada palabra suave, estaba prestada de un recuerdo. De ella. La mujer que lo tuvo primero. La que se fue. La que ahora ha vuelto.
Así que firmé. Sonreí. Me fui. No porque quisiera, sino porque tenía que hacerlo.
Él no me persigue. Todavía no. Pero puedo sentirlo: el peso de todo lo que no se dijo sigue suspendido en el aire entre nosotros. Tal vez se dé cuenta de lo que perdió. Tal vez no. De cualquier manera, esta vez no voy a quedarme esperando para averiguarlo.