Traición antes del parto: ¿yo soy la amante?
En mi octavo mes de embarazo, mi esposo —agente de investigaciones— por fin logró sacar un poco de tiempo y me acompañó por primera vez al hospital para mi control prenatal.
Pero apenas cruzamos la entrada, su teléfono satelital encriptado comenzó a vibrar con insistencia.
El nombre en la pantalla apareció solo un instante, pero a él, que siempre se mantiene sereno, le bastó para ponerse tenso de inmediato.
—Amor… hay una alerta roja. Acaba de aparecer otro fugitivo internacional. Yo… lo siento…
Se le notaba la angustia. Con ese tono firme, propio de quien está acostumbrado a dar órdenes sin réplica, se disculpó a toda prisa… y se fue.
Me quedé mirando cómo su todoterreno se alejaba a toda velocidad, hasta desaparecer. Para entonces, mis uñas ya habían destrozado el formulario del control prenatal.
Con mi enorme vientre, salí a la calle, detuve un taxi y dije sin perder tiempo:
—Hola, siga a ese vehículo.
Ja… ¿un fugitivo con alerta roja? Vaya mentira más absurda.
Ni siquiera la Oficina de Seguridad Nacional de mi padre recibió ningún aviso. Y él, siendo apenas un simple inspector que solo asistía en los casos… ¿qué “fugitivo” tan urgente tendría que atrapar?
“Quiero ver con mis propios ojos quién es ese jefe que se atreve a darle una orden tan urgente”.