La Contadora Robot: Renuncia y Caída
En el baño de la oficina, oí a alguien hablando mal de mí.
Era la pasante a la que guié durante tres meses. Se quejaba:
—Es una vieja bruja sin tacto, como un robot con el cerebro apagado.
Yo ya estaba a punto de abrir la puerta para interrumpirlas cuando otra, entre risas, remató:
—Faltan papeles. Las facturas no están en regla. Sin la firma del director no se puede pagar. ¡Ya nos sabemos de memoria sus frases de siempre; puro teatro!
Cuando se fueron, regresé en silencio a mi oficina.
La pasante azotó una pila de solicitudes de reembolso con sus facturas adjuntas sobre mi escritorio.
—No vayas a buscar cualquier pretexto para negarles el reembolso otra vez.
Eché un vistazo a las facturas falsas y, por primera vez, no las cuestioné.
Esta vez, sonreí apenas:
—Me duele la cabeza; no logro leer bien la letra.