LOGINNikolau Kronos es símbolo de perfección, el griego más candente, bronceado y sensual que ha pisado las isla griega de Mykonos y toda la costa mediterránea. Pero… no siempre fue así, hasta hace unos ocho años era víctima de las inseguridades que le ocasionaban su poco de sobrepeso y una acné facial algo descuidada. Por aquel entonces estaba obsesionado por una joven que nunca notó su presencia, la bella e inteligente Mila Papadakis. Ella era una Ninfa de esas que no miran a los ogros de pantano como él. Después de que Nickolau decidiera marcharse a la universidad, se hizo cargo de vida y de su cuerpo y se transformó en el sensual soltero que ahora era codiciado no solo en Grecia sino en Toda Europa. De regreso forzado a su tierra natal se encuentra que la vida de su único familiar, su abuelo el magnate Ulises Kronos se apaga. Como su heredero universal sabe que está a punto de convertirse en el único dueño de la transnacional Kronos Inc. Navieras y otros negocios; y una lista de bienes que dejarían con la boca abierta a los corredores de Wall Street. Desea poner las cosas en orden, y llevarse al abuelo a Londres, donde recibirá una atención médica de primera. Sin saber que… ¡su abuelo tiene un plan un poco diferente para él!. Amenazando con desheredarlo si no cumple con sus pautas, le entrega una lista bastante detallada de diez condiciones por cumplir ante su muerte, solo así logrará heredar lo que le corresponde del imperio Kronos. Una lista bastante “complicada”… porque incluye entre otras disparatadas cosas el casarse con el amor platónico de su adolescencia, Mila Papadakis. ¿Que hará Mila cuando se entere que tendrá un matrimonio por contrato con el nieto Pipirisnais y promiscuo del señor Kronos?
View MoreLas velas llevaban cuarenta minutos ardiendo cuando Elena entendió que la cera goteaba más rápido que su paciencia.
Las había encendido a las ocho. Eran las ocho y cuarenta. El risotto seguía tibio bajo la tapa, el vino respiraba en la copa de Julián desde hacía media hora, y el vestido azul —ese vestido, el que él le había regalado en el primer aniversario, cuando todavía la miraba al hablarle— empezaba a sentirse como un disfraz.
Acomodó por tercera vez el tenedor que ya estaba perfecto.
Tres años. Tres años exactos desde que firmó un papel en una capilla y creyó, con todo su cuerpo, que firmaba el comienzo de algo.
La puerta principal cedió a las nueve menos cinco.
—No me esperes despierta mañana —dijo Julián antes de cruzar el umbral del comedor, sin levantar los ojos del teléfono—. Salgo temprano.
—Llegas justo a tiempo —respondió Elena, y se obligó a sonreír—. La mesa está lista.
Él se detuvo. Recorrió el comedor con una sola mirada: el mantel que ella había planchado, las dos copas, las velas, el vestido. Algo se movió en su frente, un cálculo veloz, la búsqueda de un dato que no encontraba.
—¿Esperabas a alguien?
—Te esperaba a ti.
—¿Hay motivo?
Elena sintió cada una de las palabras alojarse en algún lugar bajo las costillas. Hay motivo. Llevaba mil noventa y cinco días siendo su esposa y él preguntaba si había motivo.
—Quince de octubre —dijo ella, muy despacio, como quien le enseña a leer a un niño—. ¿Te dice algo?
Julián dejó el teléfono boca abajo sobre el aparador. Por un instante, Elena creyó que iba a recordarlo. Que la máscara de hombre ocupado se quebraría y aparecería el otro, el que una vez le sostuvo la cara entre las manos en una viña al atardecer.
—Es miércoles —dijo él—. Tengo una reunión importante por la mañana.
—Es nuestro aniversario, Julián.
Lo vio procesarlo. Lo vio, y eso fue lo peor: ver el momento exacto en que la información encajaba y, aun encajando, no encendía nada. Ni culpa, ni ternura. Apenas la incomodidad de quien descubre que dejó una factura sin pagar.
—Elena. —se aflojó la corbata con dos dedos—. No teníamos nada agendado.
—No, claro. —ella se levantó, alisó la servilleta que nunca había tocado—. Los aniversarios no se agendan. Se recuerdan. Es distinto.
—Tuve un día complicado.
—Siempre tienes un día complicado. —lo dijo como quien lee un balance—. ¿Quieres cenar? Hice risotto. El que te gustaba.
—Gustaba. —él lo notó. Por supuesto que lo notó; Julián Vancroft notaba cada cifra fuera de lugar en un contrato de cuarenta páginas—. Comí en la oficina.
—Ah.
Una sola sílaba bastó.
Julián la miró entonces de verdad, quizá por primera vez en semanas, y Elena se preguntó qué veía. La mujer del vestido azul. La nuera que su abuela eligió. La firma que faltaba en su perfecta arquitectura de hombre que lo tenía todo.
Tú eres la indicada, piccola.
La voz de Doménica le llegó intacta de cinco años atrás, las manos de la anciana cerradas sobre las suyas con esa fuerza terca de los que están a punto de irse y aún ordenan el mundo. ‘Tú eres la indicada’. Esa frase Elena la había guardado como se guarda una declaración de amor. Solo mucho después aprendería que las matriarcas italianas no eligen nueras. Eligen jugadas.
—Voy a cambiarme —dijo Julián—. Mañana de verdad es importante.
—¿Qué reunión es?
Él ya se alejaba.
—Asuntos legales. Nada que te concierna.
Y subió la escalera de dos en dos, aflojándose el saco, dejándolo caer sobre el respaldo del sofá del recibidor como hacía siempre, como si el mundo entero fuera un perchero dispuesto para él.
Elena se quedó sola con dos velas, un risotto frío y el eco de ‘nada que te concierna’.
Apagó las llamas con los dedos. Le ardieron las yemas; no apartó la mano enseguida. Guardó el vino. Dejó las dos copas donde estaban, sin tocarlas. Movimientos pequeños, exactos, los mismos con los que durante tres años había desmontado, noche tras noche, la escenografía de un matrimonio que solo ella actuaba.
Al pasar junto al sofá, el saco de Julián resbaló al suelo.
Se agachó a recogerlo —por costumbre, por ternura, por ese reflejo absurdo de cuidar a un hombre que no la cuidaba a ella— y entonces lo sintió. Un sobre rígido en el bolsillo interior. Grueso. De papel bueno, del que usan los que cobran por hoja.
No debía hacerlo. Se lo decía mientras sus dedos ya lo sacaban.
El membrete impreso en relieve apareció: Costa & Asociados. Abogados.
Elena conocía ese nombre. Adrián. El mejor amigo de Julián, el que reía fuerte en las cenas y la llamaba cuñada con un guiño. Asuntos legales. Nada que te concierna.
Las manos no le temblaron. Esa fue la parte extraña, la que recordaría después: que no le temblaron las manos cuando levantó la solapa y desplegó el documento, y que la casa entera se quedó en silencio mientras leía la única línea que necesitaba leer.
Solicitud de disolución de matrimonio.
Arriba, el agua de la ducha empezó a correr. Julián tarareaba, desafinando, una canción cualquiera, con la tranquilidad de quién cree haber resuelto un problema firmando un papel.
Elena leyó la fecha de la solicitud. Hoy. La había firmado hoy, el día de su aniversario, mientras ella planchaba un mantel.
No lloró. Se sorprendió de no llorar. Dobló el documento por la misma raya que él había marcado, lo devolvió al bolsillo del saco con cuidado como si recolocara una pieza en un tablero, y se quedó muy quieta, escuchando ese tarareo feliz dos pisos más arriba.
Él creía que ese papel lo dejaba libre.
Lo que Julián Vancroft no sabía —lo que iba a tardar exactamente veinticuatro horas en descubrir, sentado y pálido frente a su abogado— era que acababa de firmar su propia condena. Y que la única persona en el mundo capaz de salvarlo o de hundirlo, terminaba de leer su nombre al pie de la página.
Elena apagó la luz del comedor.
Que cantara mientras pudiera.
Después de seis meses de luna de miel, Ivette y yo regresamos a nuestro hogar en Mykonos. Habíamos disfrutado de nuestro viaje alrededor del mundo y estábamos felices de regresar a casa, juntos y enamorados como nunca antes.Nuestra casa de dos plantas era perfecta para nosotros, con una vista impresionante del horizonte de Mykonos al atardecer y un ambiente cálido y acogedor. Si bien la pequeña Villa no se podía comparar en tamaño con la de los Kronos, era un sitio agradable, moderno, y con toques hogareños. Antes de regresar, me había asegurado de que todo estuviera en orden y listo para nuestra llegada. Ivette estaba encantada con el lugar y estaba emocionada de comenzar una nueva etapa de nuestra vida juntos en nuestro nuevo hogar.La vida después de la luna de miel seguía siendo maravillosa. Ella y yo nos habíamos casado en una ceremonia íntima con nuestros amigos y familiares más cercanos, y ahora éramos oficialmente una pareja casada después de dos años de estar conviviendo ju
VINCENT DE OURIOL Los días que siguieron aquel suceso en el areopuerto, solo los puedo catalogar como «exquisitamente difíciles». Exquisito porque si, Era un sueño cumplido estar en los brazos de la mujer que amaba, y con la que deseaba pasar el resto de mi vida; pero sin dudas el escándalo que se desató sobre nosotros tenía la magnitud y la fuerza de un gran y devastador Tsunami. Mi madre, la duquesa de Ouriol , casi dió gritos de alegria cuando súpero la impresión de verme la cara morada por los puños de Sergio, pero estaba inmensamente feliz al saber que tendría a Ivette como mi futura esposa, y con una boda en puerta, solo el escándalo posterior impidió que mis padres aplaudieran y dieran una fiesta con toda la alcurnia de la sociedad parisina. Pero como decía, no puedo decir que después de aquel día, las cosas fueron fáciles para nosotros en absoluto. El compromiso fallido de la heredera de los Cavalli, y su reciente noviazgo con un heredero a un ducado, era como mierd@ para
VINCENT DE OURIOL “Había una vez un pobre piloto, heredero de un importante ducado de Francia, que se le ocurrió la genial idea de enfrentar con sus puños a un ruso gigantón”Eso sería la versión poética… sin embargo los titulares de los periódicos dirían algo como:… “Muere Vincent de Ouriol, único heredero del ducado DU OURIOL tras ser molido a golpes en pelea en areopuerto…”—No hay forma de que esto sea más sencillo— me asegura Ivette cuando por fin pone el coche en marcha. No es que sienta miedo, porque después de amanecer con ella estoy dispuesto a cualquier cosa, pero el recuerdo que tengo del Rusosky, es que es una mole de músculos de casi dos metros de altura.—¿No consideraste buscarte un futuro esposo más bajo?— bromeé con ella que me miró constrariada.—¡Prométeme que no le pegaras!— pidió un poco asustada por lo que pasaría en un rato. La entendia, comprendía que para ella tenía que ser difícil romper semejante compromiso a los ojos de toda su familia, la del nov
CAPÍTULO 4 VINCENT DE OURIOL Solo sabe el diablo que pone en la mente de los borrachos, para infringirle ese temerario valor. Cuando despego el avión con destino a Paris, aun no caía en cuenta en que me había dejado enredar por Ulises Kronos. Si es que ese viejecito endemoniado, era mucho más peligroso que Neck a la hora de ingeniar el futuro, y Neck como estratega ya era un tipo del cual cuidarse. Lo último que recuerdo antes de dormirme borracho como un perro a bordo del jet, fue de la voz del viejo magnate recordándome que me obsequiaría su avión más moderno si me sinceraba con mi amor de siempre. —«Si con el pazguato de Nickolau funcionó, no va a ser distinto contigo»— esas palabras de Ulises hicieron conexión en mi cabeza, y así, sintiéndome bastante inseguro de como seguiría el plan, aterrizamos en Paris. Eso de sencillamente aparecernos en casa de Ivette en medio de a noche y sin ser invitados me sonaba a total locura, pero como estaba como una cuba, no le di importancia






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