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La primera vez que Adrián Montenegro me besó, acababa de ofrecerme el contrato que podía salvar mi carrera.
La segunda, me pidió que olvidara lo ocurrido. Pero eso sucedió después. Primero tuve que conocer al hombre que, en menos de veinticuatro horas, conseguiría hacerme cuestionar todas mis reglas. Aquella mañana llegué a la mansión Montenegro con una carpeta de proyectos bajo el brazo y una advertencia de Clara todavía resonando en mi cabeza. —Necesitas ese contrato, Valentina. Pero no tanto como para volver a permitir que alguien decida por ti. Mi mejor amiga conocía demasiado bien la historia de Ricardo Salvatierra. Había pasado cinco años trabajando para él, diseñando proyectos que después aparecían firmados con su nombre. Cuando finalmente renuncié, me marché con mis ahorros, mi orgullo y una reputación que todavía estaba intentando reconstruir. Tres años después, mi estudio independiente estaba al borde del cierre. La mansión se levantaba sobre un acantilado, frente a un mar de un azul casi violento. Era hermosa, antigua y necesitaba una restauración considerable. Su propietario, según las revistas de negocios, era un empresario de treinta y cinco años que rara vez concedía entrevistas y nunca hablaba de su vida privada. Adrián Montenegro me recibió en la biblioteca. Alto, de cabello oscuro y ojos grises, tenía una presencia que volvía incómodamente difícil concentrarse en cualquier otra cosa. Su camisa blanca estaba remangada y sostenía un teléfono que dejó sobre la mesa al verme entrar. —Señorita Ríos. Tiene una hora para convencerme. Le estreché la mano. —¿De que soy una buena arquitecta? —De que puede encargarse de esta casa. —Pensé que para eso había venido usted a entrevistarme. Sus labios se curvaron ligeramente. —No suele ponerse nerviosa, ¿verdad? —Solo cuando descubro que he olvidado cobrar una factura. Adrián soltó una risa breve. Después señaló los planos. —Quiero restaurar la propiedad antes de diciembre. Mi hermano pretende venderla y necesito demostrar que conservarla es una decisión razonable. —¿Y si mi evaluación indica lo contrario? —Espero que no ocurra. —No es una respuesta. Su sonrisa desapareció. —Tampoco parece interesada en facilitarme las cosas. —Me interesa hacer bien mi trabajo. Nos sostuvimos la mirada un segundo más de lo necesario. Entonces comenzó la inspección. La biblioteca tenía señales de humedad y un sector del techo cuyo revestimiento comenzaba a desprenderse. Mientras fotografiaba las zonas afectadas, Adrián permaneció demasiado cerca. —¿Siempre observa todo con tanta atención? —preguntó. —Es parte de mi profesión. —¿Y cuando no está trabajando? Me volví hacia él. —¿Está intentando distraerme, señor Montenegro? —Estoy intentando averiguar si sabe hablar de algo que no sean paredes. —Depende. ¿Sabe usted escuchar una respuesta que no le guste? Adrián sonrió. La atracción fue inmediata, inesperada y profundamente inoportuna. Continuamos hasta la segunda planta. Allí encontré un corredor cerrado por una puerta de madera oscura. Los planos indicaban que varias instalaciones antiguas atravesaban aquella zona. —Necesito revisar el ala oeste —dije. La expresión de Adrián cambió. —Esa parte de la casa está excluida. —Podría estar relacionada con los problemas de humedad. —No entrará allí. Guardé mi cámara. —Entonces no puedo garantizar una evaluación completa. —Le pagaré el doble de lo que haya presupuestado. Lo miré, incrédula. —¿Cree que puede comprar mi criterio profesional? Adrián dio un paso hacia mí. —Creo que está rechazando una oportunidad importante por una puerta cerrada. —Y yo creo que está acostumbrado a que todos acepten sus condiciones. Nos encontrábamos tan cerca que podía distinguir una pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda. —Tenga cuidado, Valentina —murmuró. —¿Es una amenaza? —Es una advertencia. No sabe en qué se está metiendo. Aquello bastó. —Entonces busque otra arquitecta. Pasé junto a él y comencé a bajar la escalera. —Valentina. No me detuve. —Mi madre murió en esa habitación. Sus palabras me hicieron volver. Adrián seguía junto a la puerta. La seguridad que había mostrado desde mi llegada había desaparecido. —Pasó allí sus últimos meses —continuó—. No he permitido que nadie toque sus cosas desde entonces. Sentí que mi enfado se desvanecía. —Lo siento. No lo sabía. —No tenía por qué saberlo. Regresé lentamente. —No necesito alterar sus pertenencias. Pero si queremos conservar esta casa, debemos asegurarnos de que los daños no continúen avanzando. Adrián bajó la mirada. —Era lo único que ella quería dejar intacto. —A veces conservar algo significa aceptar que necesita cambiar. Sus ojos encontraron los míos. —Habla como si fuera sencillo. —No lo es. Durante un instante ninguno se movió. Entonces Adrián levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de mi rostro. El gesto me sorprendió tanto que olvidé retroceder. —Debería pedirle que se marchara —susurró. —Probablemente. Su mirada descendió hacia mis labios. —Y usted debería hacerlo. —Probablemente —repetí. Fue él quien acortó la distancia, pero se detuvo a centímetros de mi boca, dándome tiempo para apartarme. No lo hice. Lo besé primero. Adrián respondió con una intensidad que me hizo aferrarme a su camisa. Su mano se apoyó en mi cintura y, durante unos segundos, desaparecieron la mansión, el contrato y todas las razones por las que aquello era una pésima idea. Cuando nos separamos, ambos respirábamos con dificultad. Adrián apoyó la frente contra la mía. —Esto no debería haber ocurrido. Sentí que aquellas palabras me devolvían bruscamente a la realidad. Me aparté. —En eso estamos de acuerdo. Su expresión cambió. —Valentina… —No se preocupe. No confundiré un beso con una oferta de trabajo. Recogí mi carpeta antes de que pudiera responder. Adrián me siguió hasta la escalera. —Quiero contratarla. Me detuve. —¿Porque soy buena arquitecta o porque acaba de besarme? La pregunta lo dejó inmóvil. —Porque fue la única profesional que me dijo que no podía prometer resultados sin investigar —respondió finalmente—. Lo del beso fue un error de juicio. Aquello dolió más de lo que estaba dispuesta a demostrar. —Entonces será mejor que no vuelva a cometerlo. Esa noche, mientras preparaba la propuesta, recibí los planos históricos de la mansión. Una reforma antigua llevaba el sello de Salvatierra Arquitectura. Mi antiguo jefe había trabajado para los Montenegro. Antes de que pudiera examinar los documentos, llegó un mensaje de Adrián. Acepto sus condiciones profesionales. Mañana abriremos el ala oeste. Lo leí dos veces. Después apareció otro mensaje, esta vez de Ricardo. Valentina, aléjate de Adrián Montenegro. No sabes lo que su familia puede hacerte. Miré ambas conversaciones. Uno de aquellos hombres acababa de besarme. El otro llevaba años intentando controlar mi vida. Y por primera vez tuve la desagradable sensación de que sus historias estaban conectadas.—¿Cómo que los envió a mi oficina?Me levanté del sofá tan rápido que Adrián dejó de preparar el café.—Mi madre no quería tenerlos en casa después de que Ricardo fuera a buscarla —explicó Clara—. Pensó que contigo estarían más seguros.—Clara, mi oficina no es un depósito de pruebas.—Lo sé. Debió consultarte antes.Me pasé una mano por la frente.—¿Cuándo llegarán?—El mensajero confirmó la entrega ayer por la tarde.Miré el reloj. Eran poco más de las nueve.—Voy a comprobarlo.—Valentina, espera. Quiero que sepas que mi madre está dispuesta a declarar lo que recuerda.Aquello me hizo detenerme.—Eso es importante. Pero necesito que entienda que no podemos garantizarle qué ocurrirá después.—Se lo diré.Colgué y encontré a Adrián observándome.—¿Qué pasó?—La madre de Clara envió los documentos de Elena a mi oficina.Su expresión cambió.—Voy contigo.—Adrián…—No estoy intentando decidir por ti —aclaró—. Solo quiero acompañarte.Lo miré unos segundos.—Entonces termina de preparar
Ricardo quería comprar mi silencio.No con dinero, sino con la promesa de dejar de perseguirme.Leí el correo de mi abogada mientras Adrián terminaba de preparar el desayuno. Durante unos segundos consideré esperar hasta después del café para contárselo.Pero habíamos prometido no ocultarnos las cosas difíciles.—Ricardo quiere llegar a un acuerdo —dije.Adrián dejó la cafetera sobre la encimera.—¿Qué clase de acuerdo?—Retiraría sus acusaciones si renuncio a la restauración y firmo un compromiso de confidencialidad.Su expresión se endureció.—Quiere apartarte de la mansión.—Eso parece.—No tienes que aceptar.Me acerqué a la mesa.—Tampoco pienso rechazarlo sin hablar primero con mi abogada. Necesito saber exactamente qué implicaría firmar.Adrián respiró hondo.—Tienes razón.Lo miré con una sonrisa.—¿Acabas de darme la razón sin discutir?—Estoy intentando convertirme en un hombre soportable.Solté una carcajada.Se acercó y me rodeó la cintura.—Pero hay algo que quiero dejar
La fotografía de la agenda de Elena permanecía abierta en mi teléfono.Si Augusto descubre que los conservé, todo empeorará.Leí aquella frase hasta que dejó de parecer una simple advertencia y comenzó a sentirse como una amenaza.Clara me llamó antes de que pudiera responderle.—Valentina, ¿viste la fotografía?—Sí. ¿De dónde la sacó tu madre?—Guardó algunas copias cuando dejó de trabajar para Elena. Dice que temía que alguien las destruyera.Me senté al borde del sofá.—¿Por qué nunca acudió a las autoridades?—Porque no sabía si había ocurrido algún delito. Solo presenció discusiones y recibió instrucciones de conservar documentos.Aquella respuesta tenía sentido. Una sospecha no era una prueba, por mucho que nos inquietara.—Necesito hablar con ella —dije.—Está dispuesta. Pero primero quiero pedirte perdón.Cerré los ojos.—Clara…—Debí contarte que conocía a los Montenegro. No tenía derecho a decidir qué información podías manejar.Su sinceridad me desarmó.—Me dolió que me lo
Clara.Su nombre estaba escrito en el registro de visitantes, junto a una fecha que pertenecía a una historia que yo creía conocer.Miré a Gabriel, después a Adrián.—Tiene que haber un error.—Eso mismo pensé —respondió Gabriel—. Pero el registro es una copia del libro original.Adrián tomó el documento.—¿Tu amiga Clara?Asentí, aunque mi cabeza se negaba a aceptar aquella posibilidad.—Nos conocemos desde la universidad. Nunca me habló de tu familia.—¿Cuántos años tenía entonces? —preguntó Gabriel.Hice el cálculo mental.—Diecisiete.Adrián volvió a examinar la hoja.—Aquí solo aparece su nombre. No tenemos ninguna prueba de que sea la misma persona.Agradecí que lo dijera.—Voy a llamarla.Saqué el teléfono, pero Adrián cubrió suavemente mi mano con la suya.—Valentina, no tienes que hacerlo ahora.—Sí, tengo que hacerlo. Si hay una explicación, quiero escucharla de ella.Marqué.Clara respondió al cuarto tono.—¿Tan temprano? Espero que sea una emergencia romántica.Su voz fami
Adrián permanecía inmóvil en la entrada de la terraza.Su mirada pasó de su padre a mí, buscando una explicación que ninguno parecía capaz de darle.—He hecho una pregunta —repitió—. ¿Qué es lo que nunca supe?Augusto se apoyó con más fuerza en su bastón.—Hijo, no es el momento.Adrián soltó una risa seca.—Llevas años diciéndome eso.Me acerqué a él, pero no intenté tocarlo.—Adrián, tu padre acaba de contarme que Ricardo estuvo con Elena la noche en que murió.Su rostro perdió todo rastro de expresión.—¿Qué?Augusto cerró los ojos.—Tu madre había descubierto irregularidades en los contratos de la reforma. Citó a Ricardo para exigirle explicaciones.—¿Y tú lo sabías?—Me enteré después.Adrián avanzó un paso.—¿Después de su muerte?—Sí.—¿Y decidiste ocultármelo?Augusto bajó la cabeza.—Pensé que ya habías sufrido suficiente.—¡No tenías derecho!La voz de Adrián resonó en la terraza.Desde el salón llegaron algunas risas lejanas. El contraste me resultó insoportable: detrás de
El sábado llegó demasiado rápido.Había pasado la semana intentando concentrarme en mis proyectos, pero cada vez que recordaba la cena benéfica sentía un nudo en el estómago.No era por conocer a los socios de Adrián.Era por Ricardo.Sabía que estaría allí, posiblemente acompañado de personas que todavía me consideraban una antigua empleada suya. Y aunque mi abogada ya estaba revisando los documentos falsificados, eso no impedía que él intentara perjudicarme.—Deja de mirar el vestido como si fuera a atacarte —dijo Clara.Estaba sentada sobre mi cama, observándome mientras terminaba de arreglarme.—No estoy mirando el vestido.—Llevas diez minutos haciéndolo.Me volví hacia el espejo.Había elegido un vestido largo de color vino, con la espalda descubierta y una caída sencilla que resaltaba mi figura sin resultar exagerada.—¿Crees que es demasiado?Clara se levantó.—Creo que Adrián Montenegro va a olvidarse de respirar.Solté una carcajada.—No exageres.—Ya veremos.El timbre sonó







