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Capítulo 2 — Un beso no se olvida

Author: angelis
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-23 01:43:53

Adrián Montenegro había llamado error al mejor beso que me habían dado en años.

Lo verdaderamente irritante era que, después de dormir apenas cuatro horas, seguía recordando la presión de sus labios, el calor de su mano en mi cintura y aquella manera de mirarme como si estuviera luchando contra sí mismo.

—Tienes cara de haber cometido una estupidez —comentó Clara cuando entró en mi oficina.

—Buenos días para ti también.

Mi amiga dejó dos cafés sobre el escritorio y observó los planos de la mansión.

—¿Conseguiste el contrato?

—Todavía no hemos firmado.

—¿Y qué conseguiste?

Guardé silencio.

Clara entrecerró los ojos.

—Valentina.

—Besé a Adrián Montenegro.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Al millonario de la mansión?

—No conozco a muchos Adrián Montenegro.

—¿Y qué pasó después?

Me concentré en abrir una carpeta.

—Dijo que había sido un error.

Clara dejó escapar un suspiro.

—Qué hombre tan encantador.

—Fue una situación extraña. Estábamos discutiendo, después me habló de su madre y...

—¿Y lo besaste por compasión?

La miré, ofendida.

—No.

—Entonces deja de buscarle explicaciones. Te gusta.

No respondí. Era mucho más fácil enfrentar a Ricardo Salvatierra que reconocer lo que aquel hombre había despertado en mí.

Llegué a la mansión a las diez. Adrián me esperaba junto a la escalera, vestido con un pantalón oscuro y una camisa azul.

Sus ojos recorrieron mi rostro antes de detenerse en mis labios.

Lo noté.

Él también supo que lo había notado.

—Buenos días, Valentina.

—Señor Montenegro.

Una sombra de diversión cruzó su expresión.

—¿Hemos vuelto a las formalidades?

—Me parecen apropiadas.

—Entiendo.

Me entregó una carpeta.

—El contrato. Incluye sus condiciones de independencia profesional y el anticipo solicitado.

Revisé las páginas. Todo estaba en orden.

—¿Y el ala oeste?

Adrián sacó una llave del bolsillo.

—Le prometí que la abriríamos.

Subimos sin hablar. Al llegar al corredor, se detuvo frente a la puerta.

—Hay algo que debería saber antes de entrar.

Esperé.

—Mi madre no quería que restauráramos esta parte de la casa mientras vivía. Decía que necesitaba un lugar donde no tuviera que fingir que todo estaba bien.

Su voz se volvió más baja.

—Cuando enfermó, pasaba aquí casi todo el tiempo.

Lo miré con una comprensión que no necesitaba palabras. Yo había perdido a mi padre a los diecinueve años. Conocía demasiado bien el impulso de conservar intactas las últimas cosas que alguien había tocado.

—Podemos hacerlo despacio —respondí.

Adrián introdujo la llave y abrió.

El ala oeste conservaba una belleza melancólica. Había fotografías familiares, libros cuidadosamente ordenados y un sillón junto a un ventanal desde el que se veía el mar.

Sobre una mesa descansaba una taza de porcelana.

Adrián la observó.

—Era su favorita.

No la tocó.

Me acerqué a una pared donde el revestimiento mostraba señales de humedad.

—Necesitaré revisar esta zona con un especialista. Podemos proteger los muebles y limitar la intervención a lo imprescindible.

—Confío en usted.

Aquellas tres palabras me sorprendieron.

—Ayer no parecía confiar demasiado.

Adrián se volvió hacia mí.

—Ayer tampoco esperaba besarla.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Creí que habíamos decidido olvidar eso.

—Usted lo decidió.

—Usted dijo que fue un error.

Su expresión se endureció, pero esta vez no apartó la mirada.

—Dije que no debería haber ocurrido. No es lo mismo que arrepentirme.

El silencio entre nosotros cambió.

—Adrián, necesito este trabajo.

—Lo sé.

—No quiero preguntarme si mis decisiones profesionales van a afectar lo que ocurre entre nosotros.

Se acercó un paso.

—¿Y qué está ocurriendo entre nosotros?

La pregunta me dejó sin respuesta.

Porque había algo. Algo demasiado intenso para dos personas que apenas se conocían.

—Todavía no lo sé —admití.

Adrián asintió lentamente.

—Entonces no voy a presionarla.

Se apartó para dejarme continuar la inspección.

Y aquella consideración consiguió atraerme todavía más que el beso.

Al mediodía, mientras revisaba unos planos en la biblioteca, escuché una discusión en el vestíbulo.

—No puedes decidir por los dos, Adrián.

La voz pertenecía a un hombre que apareció segundos después en la puerta. Era parecido a Adrián, aunque su expresión resultaba más abierta.

—Gabriel —dijo Adrián con frialdad—. No esperaba verte hoy.

Su hermano me miró.

—Así que usted es la arquitecta.

Me levanté.

—Valentina Ríos.

Gabriel estrechó mi mano.

—Espero que sepa que esta casa está en venta.

—No está en venta —intervino Adrián.

—Tenemos una oferta. Y no pienso rechazarla porque sigas aferrado a los recuerdos de mamá.

Vi cómo Adrián apretaba los puños.

—No hables de ella así.

Gabriel soltó una risa sin humor.

—¿Ahora también vas a decidir cómo debo recordarla?

—Basta —intervine.

Ambos me miraron.

—No he terminado la evaluación. Si quieren discutir sobre la viabilidad de restaurar la propiedad, necesitarán información que todavía no tenemos.

Gabriel observó a su hermano y después volvió hacia mí.

—¿Y usted cree que Adrián aceptará un informe que no diga lo que quiere escuchar?

—Mi trabajo no consiste en complacerlo.

—Eso espero.

Gabriel se marchó poco después, pero la tensión permaneció.

Adrián apoyó las manos sobre el escritorio.

—Lamento que presenciara eso.

—No tiene que disculparse.

—Mi hermano cree que estoy utilizando la restauración para evitar la venta.

—¿Y es cierto?

Adrián levantó la cabeza.

—¿Usted también va a cuestionarme?

—Le estoy haciendo una pregunta.

Su mirada se volvió fría.

—Entonces quizá no debería haberla contratado.

La frase me golpeó con una fuerza inesperada.

Cerré lentamente mi carpeta.

—Tiene razón en algo, Adrián. Ayer no deberíamos habernos besado.

Él pareció arrepentirse inmediatamente.

—Valentina...

—Porque ahora cada vez que lo contradiga, no sabré si está discutiendo con su arquitecta o con la mujer que besó.

Tomé mis cosas y caminé hacia la puerta.

Adrián me alcanzó en el corredor, pero no intentó detenerme.

—Tiene razón —dijo—. Lo que acabo de decir fue injusto.

Me volví.

—No quiero que vuelva a ocurrir.

—No ocurrirá.

Lo observé unos segundos.

—Entonces mañana continuaremos trabajando.

Su expresión se suavizó.

—¿Y lo demás?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Quise responder que no existía ningún «demás».

Pero habría sido mentira.

—Lo demás tendrá que esperar —murmuré.

Adrián bajó la mirada.

—No sé si soy bueno esperando.

—Será una excelente oportunidad para aprender.

Por primera vez aquella tarde, sonrió.

Yo también estuve a punto de hacerlo.

Hasta que mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Ricardo.

Sé que Adrián abrió el ala oeste. Antes de confiar en él, pregúntale qué sabe sobre la última discusión de sus padres.

Levanté los ojos hacia Adrián, que seguía observándome.

Había prometido mantener separados mi trabajo y mis sentimientos.

Pero empezaba a sospechar que enamorarme de aquel hombre significaría tener que elegir entre confiar en él y descubrir la verdad.

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