LOGINLa mañana siguiente descubrí que había algo peor que besar a un hombre complicado: tener que trabajar con él mientras fingía que no recordaba cómo besaba.
Adrián Montenegro me esperaba en la biblioteca con dos cafés y una expresión que no conseguí descifrar. —Buenos días, Valentina. —Buenos días. —Sin «señor Montenegro». Estamos progresando. Acepté el café para ocultar una sonrisa. —No se acostumbre. —Demasiado tarde. Nuestros dedos se rozaron al intercambiar la taza. Fue un contacto insignificante, pero su mirada descendió hacia mi mano y comprendí que tampoco había olvidado lo ocurrido. —Sobre ayer... —comenzó. —Acepté sus disculpas. —No iba a disculparme otra vez. Lo miré. —Entonces, ¿qué iba a decir? Adrián dejó su taza sobre el escritorio. —Que me gustó besarla. Y que me está resultando bastante difícil fingir lo contrario. Mi corazón aceleró. —Eso no cambia nuestra situación. —Lo sé. Pero prefiero ser sincero. Aparté la mirada hacia los planos. Necesitaba recuperar el control de aquella conversación antes de hacer otra estupidez. —Hoy viene Tomás Herrera, el ingeniero que contraté para revisar las zonas afectadas. —¿A qué hora? —En veinte minutos. Adrián consultó su reloj. —Entonces tenemos diecinueve. —¿Para qué? —Para hablar de algo que no sea esta casa. Lo observé, desconfiada. —¿Siempre consigue lo que quiere? —Últimamente, no. Su mirada se sostuvo en la mía. Y tuve la desagradable certeza de que hablaba de mí. Tomás llegó puntual. Era un ingeniero experimentado, tranquilo y poco impresionable, cualidades que agradecí especialmente cuando Adrián comenzó a hacer preguntas sobre los plazos. Durante la inspección identificamos zonas que requerían una revisión más detallada, pero ninguna conclusión podía establecerse todavía sobre el alcance de los daños. —Necesitaremos comprobar las instalaciones y retirar algunos acabados de forma controlada —explicó Tomás—. Sin eso, cualquier presupuesto definitivo sería prematuro. Adrián asintió. —Autorizaré lo necesario. Me sorprendió su respuesta. —¿Sin discutir? —Estoy intentando convertirme en un cliente ejemplar. Tomás nos miró alternativamente. —¿Me perdí de algo? —Absolutamente nada —respondí demasiado rápido. Adrián ocultó una sonrisa. Al terminar, Tomás se marchó con el compromiso de preparar una propuesta de inspección complementaria. Yo permanecí en el ala oeste revisando las fotografías. Fue entonces cuando encontré un pequeño cuaderno entre varios libros que Ernesto había apartado para protegerlos del polvo. En la primera página había un nombre escrito con letra delicada. Elena Montenegro. No lo abrí. Busqué a Adrián y lo encontré junto al ventanal del dormitorio. —Creo que esto pertenecía a su madre. Al ver el cuaderno, su expresión cambió. Lo tomó con cuidado. —Es su diario. —No lo leí. —Lo sé. Pasó el pulgar sobre la cubierta. —Mi padre decía que mamá tenía la costumbre de escribir cuando estaba enfadada. Nunca quiso que nadie leyera esas páginas. —Entonces quizá deberíamos dejarlo donde estaba. Adrián negó lentamente. —Ayer me preguntó si estoy intentando conservar esta casa o evitar despedirme de ella. —No recuerdo haberlo dicho así. —Pero me hizo pensarlo. Se sentó en el borde de una silla. —Cuando murió, yo estaba en otro país. Habíamos discutido por teléfono dos días antes. Le prometí que volvería el fin de semana. Su voz se quebró apenas. —No llegué a tiempo. Sentí una presión dolorosa en el pecho. Me senté frente a él. —Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. La última conversación que tuvimos fue sobre una tontería. Durante meses intenté recordar si le había dicho que lo quería. Adrián levantó los ojos. —¿Lo había hecho? —Muchas veces. Pero después de perder a alguien, ninguna parece suficiente. Permanecimos en silencio. Él extendió la mano y tomó la mía. No hubo prisa ni desafío. Solo una cercanía que me hizo sentir peligrosamente comprendida. —No sé qué está pasando entre nosotros —confesó. —Yo tampoco. —Pero cuando está aquí, esta casa deja de parecer un lugar donde todo terminó. Aquellas palabras me conmovieron más de lo que estaba preparada para admitir. Me acerqué lentamente. Esta vez Adrián no tomó la iniciativa. Esperó. Lo besé porque quería hacerlo, sin una discusión que nos empujara ni una excusa detrás de la cual escondernos. Su mano acarició mi mejilla. El beso fue lento al principio, después más profundo, hasta que olvidé por qué había insistido tanto en mantener las distancias. Cuando nos separamos, permanecimos cerca. —Valentina —murmuró—, no quiero que piense que esto forma parte del contrato. —Lo sé. —Ni que tenga que corresponderme para conservarlo. Lo miré directamente. —Si alguna vez siento eso, me marcharé. Adrián asintió. —Entonces quiero que siga aquí porque usted lo decida. Su respuesta me hizo sonreír. —Por ahora, he decidido quedarme. Una hora después, mientras guardábamos los documentos, Adrián abrió el diario por una página marcada con una cinta azul. Su expresión se transformó. —Valentina, necesito que lea esto. Me acerqué. La anotación estaba fechada dieciocho años atrás. Augusto volvió a discutir conmigo. Dice que la reforma debe terminarse aunque todavía existan dudas. No es la primera vez que decide por todos nosotros. Esta vez no voy a callarme. Adrián cerró los ojos. —Ricardo te habló de una discusión entre mis padres, ¿verdad? Me quedé inmóvil. No le había contado nada sobre aquel mensaje. —¿Cómo lo sabe? —Porque mi padre me llamó esta mañana. Dijo que Ricardo estaba intentando contactar conmigo y que usted podía recibir información para perjudicar a nuestra familia. Sentí que el estómago se me encogía. —Adrián, hay algo que necesito decirle. Él dejó el diario sobre la mesa. —¿Ricardo se comunicó con usted? Asentí. —Me escribió anoche. Su expresión se endureció. —¿Y pensaba contármelo? —Sí. Pero quería comprobar primero qué estaba diciendo. Adrián retrocedió un paso. —Acabamos de hablar de confianza, Valentina. Aquello dolió precisamente porque tenía razón en una parte. —No le he mentido. Tampoco voy a permitir que Ricardo decida cuándo y cómo hablo con usted. Adrián me observó durante varios segundos. Después respiró profundamente. —Entonces cuéntemelo ahora. Saqué el teléfono. Mientras buscaba el mensaje, comprendí que nuestro primer conflicto verdaderamente importante no sería por la casa. Sería por cuánto estábamos dispuestos a confiar el uno en el otro.—¿Cómo que los envió a mi oficina?Me levanté del sofá tan rápido que Adrián dejó de preparar el café.—Mi madre no quería tenerlos en casa después de que Ricardo fuera a buscarla —explicó Clara—. Pensó que contigo estarían más seguros.—Clara, mi oficina no es un depósito de pruebas.—Lo sé. Debió consultarte antes.Me pasé una mano por la frente.—¿Cuándo llegarán?—El mensajero confirmó la entrega ayer por la tarde.Miré el reloj. Eran poco más de las nueve.—Voy a comprobarlo.—Valentina, espera. Quiero que sepas que mi madre está dispuesta a declarar lo que recuerda.Aquello me hizo detenerme.—Eso es importante. Pero necesito que entienda que no podemos garantizarle qué ocurrirá después.—Se lo diré.Colgué y encontré a Adrián observándome.—¿Qué pasó?—La madre de Clara envió los documentos de Elena a mi oficina.Su expresión cambió.—Voy contigo.—Adrián…—No estoy intentando decidir por ti —aclaró—. Solo quiero acompañarte.Lo miré unos segundos.—Entonces termina de preparar
Ricardo quería comprar mi silencio.No con dinero, sino con la promesa de dejar de perseguirme.Leí el correo de mi abogada mientras Adrián terminaba de preparar el desayuno. Durante unos segundos consideré esperar hasta después del café para contárselo.Pero habíamos prometido no ocultarnos las cosas difíciles.—Ricardo quiere llegar a un acuerdo —dije.Adrián dejó la cafetera sobre la encimera.—¿Qué clase de acuerdo?—Retiraría sus acusaciones si renuncio a la restauración y firmo un compromiso de confidencialidad.Su expresión se endureció.—Quiere apartarte de la mansión.—Eso parece.—No tienes que aceptar.Me acerqué a la mesa.—Tampoco pienso rechazarlo sin hablar primero con mi abogada. Necesito saber exactamente qué implicaría firmar.Adrián respiró hondo.—Tienes razón.Lo miré con una sonrisa.—¿Acabas de darme la razón sin discutir?—Estoy intentando convertirme en un hombre soportable.Solté una carcajada.Se acercó y me rodeó la cintura.—Pero hay algo que quiero dejar
La fotografía de la agenda de Elena permanecía abierta en mi teléfono.Si Augusto descubre que los conservé, todo empeorará.Leí aquella frase hasta que dejó de parecer una simple advertencia y comenzó a sentirse como una amenaza.Clara me llamó antes de que pudiera responderle.—Valentina, ¿viste la fotografía?—Sí. ¿De dónde la sacó tu madre?—Guardó algunas copias cuando dejó de trabajar para Elena. Dice que temía que alguien las destruyera.Me senté al borde del sofá.—¿Por qué nunca acudió a las autoridades?—Porque no sabía si había ocurrido algún delito. Solo presenció discusiones y recibió instrucciones de conservar documentos.Aquella respuesta tenía sentido. Una sospecha no era una prueba, por mucho que nos inquietara.—Necesito hablar con ella —dije.—Está dispuesta. Pero primero quiero pedirte perdón.Cerré los ojos.—Clara…—Debí contarte que conocía a los Montenegro. No tenía derecho a decidir qué información podías manejar.Su sinceridad me desarmó.—Me dolió que me lo
Clara.Su nombre estaba escrito en el registro de visitantes, junto a una fecha que pertenecía a una historia que yo creía conocer.Miré a Gabriel, después a Adrián.—Tiene que haber un error.—Eso mismo pensé —respondió Gabriel—. Pero el registro es una copia del libro original.Adrián tomó el documento.—¿Tu amiga Clara?Asentí, aunque mi cabeza se negaba a aceptar aquella posibilidad.—Nos conocemos desde la universidad. Nunca me habló de tu familia.—¿Cuántos años tenía entonces? —preguntó Gabriel.Hice el cálculo mental.—Diecisiete.Adrián volvió a examinar la hoja.—Aquí solo aparece su nombre. No tenemos ninguna prueba de que sea la misma persona.Agradecí que lo dijera.—Voy a llamarla.Saqué el teléfono, pero Adrián cubrió suavemente mi mano con la suya.—Valentina, no tienes que hacerlo ahora.—Sí, tengo que hacerlo. Si hay una explicación, quiero escucharla de ella.Marqué.Clara respondió al cuarto tono.—¿Tan temprano? Espero que sea una emergencia romántica.Su voz fami
Adrián permanecía inmóvil en la entrada de la terraza.Su mirada pasó de su padre a mí, buscando una explicación que ninguno parecía capaz de darle.—He hecho una pregunta —repitió—. ¿Qué es lo que nunca supe?Augusto se apoyó con más fuerza en su bastón.—Hijo, no es el momento.Adrián soltó una risa seca.—Llevas años diciéndome eso.Me acerqué a él, pero no intenté tocarlo.—Adrián, tu padre acaba de contarme que Ricardo estuvo con Elena la noche en que murió.Su rostro perdió todo rastro de expresión.—¿Qué?Augusto cerró los ojos.—Tu madre había descubierto irregularidades en los contratos de la reforma. Citó a Ricardo para exigirle explicaciones.—¿Y tú lo sabías?—Me enteré después.Adrián avanzó un paso.—¿Después de su muerte?—Sí.—¿Y decidiste ocultármelo?Augusto bajó la cabeza.—Pensé que ya habías sufrido suficiente.—¡No tenías derecho!La voz de Adrián resonó en la terraza.Desde el salón llegaron algunas risas lejanas. El contraste me resultó insoportable: detrás de
El sábado llegó demasiado rápido.Había pasado la semana intentando concentrarme en mis proyectos, pero cada vez que recordaba la cena benéfica sentía un nudo en el estómago.No era por conocer a los socios de Adrián.Era por Ricardo.Sabía que estaría allí, posiblemente acompañado de personas que todavía me consideraban una antigua empleada suya. Y aunque mi abogada ya estaba revisando los documentos falsificados, eso no impedía que él intentara perjudicarme.—Deja de mirar el vestido como si fuera a atacarte —dijo Clara.Estaba sentada sobre mi cama, observándome mientras terminaba de arreglarme.—No estoy mirando el vestido.—Llevas diez minutos haciéndolo.Me volví hacia el espejo.Había elegido un vestido largo de color vino, con la espalda descubierta y una caída sencilla que resaltaba mi figura sin resultar exagerada.—¿Crees que es demasiado?Clara se levantó.—Creo que Adrián Montenegro va a olvidarse de respirar.Solté una carcajada.—No exageres.—Ya veremos.El timbre sonó







