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Capítulo 3

Autor: Regina Sole
Le comuniqué al profesor Adrián Cole, mi asesor preferido, mi deseo de unirme a su grupo de investigación. Tras revisar mi currículum, se mostró bastante satisfecho con mi formación.

Cuando ya casi estaba todo arreglado, una amiga de la preparatoria me mandó un mensaje de la nada.

“Liliana, ¿por qué estoy viendo un video tuyo en internet?”

Abrí el enlace que me mandó y me quedé paralizada.

El video reunía fragmentos de todas las veces que Giulietta me había hecho bromas pesadas desde la infancia. En todos me veía miserable, patética y torpe. Ya tenía muchísimos «me gusta» y comentarios. El primer comentario era de una cuenta que reconocí de inmediato por la foto de perfil de mi madre.

“Esta cachorra ha sido lenta y tonta desde chiquita. Hasta su cuerpo es más débil que el de una loba normal. Es la única vez que resulta divertida”.

El comentario más reciente era de Elias.

“Me quedó bastante bien la edición, ¿verdad? Ya lleva treinta mil «me gusta»”.

Las lágrimas cayeron sobre la pantalla y me nublaron la vista. Mi loba interna aullaba descontrolada, y la opresión en el pecho regresó con violencia. Así que habían hecho el video juntos. Todos los demás se divertían. Solo yo estaba atrapada bajo el agua, ahogándome en la humillación y el dolor.

De pronto me llamó el profesor Cole y contesté enseguida.

—Liliana, se está difundiendo un video tuyo en redes sociales y ya se volvió viral. No puedo tener en mi grupo de investigación a estudiantes que llamen tanto la atención en internet. Resuélvelo rápido, por favor, o tendré que rechazar tu solicitud.

Sus palabras no me dejaron espacio para lamentarme. Fui a casa y le dije a Giulietta que borrara el video. Se negó, sonriendo.

—La cuenta ha ganado muchísimos seguidores en las últimas horas. Quizás podría convertirme en creadora de contenido. Si lo borro ahora, perderé la oportunidad.

Me abalancé para quitarle el celular.

—No puedes hacer esto. ¡La del video soy yo y nunca acepté que lo subieras a internet!

Estaba a punto de alcanzar el celular cuando Elias, que iba llegando a casa, me jaló para apartarme.

—¡¿Te volviste loca, Liliana?!

Me estrellé contra la pared y caí al suelo, adolorida.

—¡Ella es la que no quiere borrarlo! ¡Si ese video sigue publicado, mi asesor no me va a aceptar!

Él no me miró ni hizo caso a nada de lo que dije. Tenía los ojos clavados en un rasguño diminuto en la mano de mi hermana, estaba preocupado. Sabía que, para una loba sana como ella, eso ni siquiera contaba como herida.

—¿Te duele?

Giulietta negó con la cabeza, y solo entonces él se volteó hacia mí.

—Es una oportunidad que tal vez Giulietta nunca vuelva a tener. ¿De verdad pretendes arruinar su futuro solo por tus complejos? Eres una loba. Aprende a ser fuerte y deja de ser una vergüenza para nuestra manada.

Apenas lo dijo, el que tenía enfrente me pareció un desconocido. Para él, mi dignidad y mi permanencia en el proyecto valían menos que una vaga posibilidad para Giulietta. El cansancio me quitó las pocas fuerzas que me quedaban para discutir.

Fui en silencio al estudio y busqué el borrador del artículo que estaba escribiendo. Era el artículo que pensaba publicar en una revista académica. Ahora era mi última esperanza para entrar a un grupo de investigación. Pero el borrador no estaba. Revolví todo buscándolo, pero no aparecía por ningún lado.

Entonces habló Elias:

—¿Buscas tu borrador? Se lo di a Giulietta.

Me quedé mirándolo, aturdida, sin notar siquiera que las lágrimas me habían empapado el cuello de la ropa.

—¿Por qué?

Miró mis lágrimas, al final suspiró, se acercó y me las secó.

—El asesor que quiere Giulietta es muy exigente. Necesita tu artículo.

Le aparté la mano de un manotazo.

—¿Y solo porque ella lo necesita tengo que entregarle todo lo mío?

Su tono se volvió todavía más condescendiente.

—Ya deja de enojarte. Lo del video pronto se va a olvidar, y escribiré otro artículo contigo. Mientras lo dejes pasar, todo va a estar bien.

Tres años antes, con esa misma voz, me había confesado su amor y me había prometido tratarme bien toda la vida. Y ahora usaba ese mismo tono suave para convencerme de darle todo a Giulietta.

Me apoyé en la pared, sin fuerzas.

—Elias, terminemos. Ya no te quiero.

Ignorando mis palabras, me atrajo hacia su pecho. El abrazo que en el pasado solía reconfortarme ahora me sofocaba.

—No digas cosas que no sientes. Sé buena y hazme caso. Vamos a estar bien.

Seguía convencido de que se trataba de un simple arrebato de enojo. No entendía que, para nosotros, ya no quedaba ningún futuro.

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Último capítulo

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